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El Desquite de una Madre Luchona romance Capítulo 356

El hombre miró a Mireya con una sonrisa ambigua.

El corazón de Mireya latía con fuerza.

Tras una pausa de unos segundos, finalmente cedió:

—¡Dennos tres horas! Si en tres horas no encontramos una solución, nos mudaremos. ¿Está bien así?

—¿Por qué solo tres horas? Tienen hasta la medianoche. Después de la medianoche, el señor Ríos comenzará a desarrollar esta montaña. Para entonces, su casa se quedará sin agua ni luz, y si hay algún deslave o derrumbe, ¡no nos haremos responsables! —Dicho esto, el hombretón se dio la vuelta y se fue.

Mireya se giró para mirar a su abuelo.

El rostro del anciano era frío y sombrío.

—Abuelo, parece que no queda más remedio que pedirle que vaya a disculparse con esa vieja del campo. Hagámoslo por ahora, para salir del paso, ¿qué le parece, abuelo?

Javier soltó una risa amarga.

—Ya lo dije hace un momento, ¡iré a disculparme con Paula!

El anciano miró a toda su familia, con una voz llena de desolación.

—Si con que esa vieja y yo nos disculpemos, Paula nos perdona, entonces vale la pena. Después de todo, Mireya está esperando gemelos y Adolfo acaba de regresar al país. Una vez que Mireya se case con la familia Valdez y todo se calme, nuestra familia Zúñiga ascenderá a un nuevo nivel. Yo siempre he sabido adaptarme a las circunstancias, una disculpa no es nada.

Luego miró a Violeta.

—Vieja, ven conmigo a disculparte.

—¡No voy! ¡Que yo, una mujer con estudios universitarios, me disculpe con una vieja de campo sucia y mugrienta! ¡Ni lo sueñes! ¡Yo no le debo nada! —Violeta puso los ojos en blanco, indignada.

—¿Entonces prefieres que toda la familia duerma hoy en la calle? —preguntó Javier.

Violeta bajó la cabeza y no dijo nada.

Javier dijo con tono irritado:

—¡Anda! ¡Ven conmigo a disculparte!

Violeta se levantó, fue a su habitación, se arregló y se llenó de joyas antes de salir con el anciano.

En el camino, Javier sacó su celular para marcarle a Rocío.

Le había pedido el número a Ineta.

—Almita… soy… tu abuelo —dijo Javier, usando el apodo que le tenía a Rocío hacía años.

Rocío no dijo nada.

—Almita, ¿podrías pasarle el teléfono a tu abuela? Mi segunda esposa y yo vamos ahora a buscarla, especialmente para disculparnos con ella —dijo Javier, titubeando.

—Vengan, los estamos esperando. —Fue la abuela quien respondió al otro lado del teléfono, con un tono que sugería que ya los esperaba desde hacía tiempo—. Le diré a mi nieta que les mande la dirección.

Dicho esto, la abuela colgó.

Poco después, Javier recibió la dirección que Rocío le envió.

Una hora más tarde, Javier y Violeta llegaron a la casa de Rocío.

Al verlos llegar, especialmente a Violeta con su aire de superioridad y desgana, la abuela soltó una risa fría y dijo con voz severa:

—¡Ustedes dos, viejos infelices, arrodíllense!

***

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