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El Desquite de una Madre Luchona romance Capítulo 422

El orgullo de Lázaro no podía soportarlo.

Sacó su celular y le escribió un mensaje a Rocío:

[Estoy abajo de tu oficina. Si no bajas en diez minutos, haré lo que sea necesario para destruir tu pequeño estudio. Soy tu exesposo, deberías saber de lo que soy capaz.]

Al recibir el mensaje, Rocío sintió una rabia inmensa.

Después de la ira inicial, les dijo a los que estaban en la reunión:

—Saldré un momento, vuelvo en quince minutos.

Dicho esto, Rocío salió, bajó por el elevador y llegó a la planta baja.

Lázaro estaba sentado en un sofá del área de recepción.

Rocío se plantó frente a él y le preguntó con frialdad:

—¿Qué es lo que quieres?

—Carolina es mi hija y tuya. Aunque la custodia la tengo yo, como su madre biológica, tienes que cumplir con tus obligaciones. ¡Es muy cruel de tu parte que la ignores por completo!

Al oírlo, Rocío soltó una risa amarga.

Luego, con un tono gélido, le dijo:

—Señor Valdez, cuando usted hizo todo lo posible para que mi propia hija se alejara de mí, me insultara, me corriera y me humillara, ¿acaso pensó que yo era su madre biológica?

—Usted fue quien, en contra de toda lógica, me la arrebató y se la entregó a su amante, haciendo que su relación fuera incluso mejor que la de una madre e hija de verdad. ¿Ahora viene a hablarme de crueldad?

Lázaro se quedó sin palabras.

—Usted y yo ya estamos divorciados. Cuando nos separamos, acordamos que no habría disputas por los bienes y yo renuncié voluntariamente a mi hija para siempre. En la práctica, somos dos extraños, sin ningún vínculo. ¡Espero que cumpla con lo que se dictó en el tribunal y no vuelva a buscarme nunca más!

Dicho esto, Rocío se dio la vuelta para irse.

Después de unos pasos, se detuvo y se giró hacia Lázaro.

—Y dígale a su abuela Violeta que si vuelve a molestar a mi abuela cuando está comprando en el mercado, ¡haré que se arrepienta de haber nacido!

Terminada la advertencia, Rocío entró en el elevador y subió, sin mirar atrás.

Lázaro se quedó solo, sentado en la recepción del edificio durante mucho tiempo.

No esperaba que su nieto político, que siempre la había respetado, la tratara con tanto desdén.

Con la cara roja de vergüenza, Violeta se retiró a la habitación de los mayores.

Los dos días siguientes, no se atrevió a pedirle nada a nadie.

Incluso cuando el abuelo se escapaba para adular a esa “vieja desgraciada” del campo, ella no se atrevió a decir nada.

***

Y así, pasaron dos días.

El doce del primer mes lunar.

Y también, el catorce de febrero, día de San Valentín.

El día que Mireya había esperado durante tres años, el día de su gran boda con Lázaro, finalmente había llegado.

***

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