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El Desquite de una Madre Luchona romance Capítulo 48

Ella no podía quedarse de brazos cruzados viendo cómo Elvia terminaba en problemas.

¡No podía permitirlo!

—Lázaro… —La voz de Rocío se quebró, áspera, llena de desesperación.

Mucho más desesperada que la vez en la que Samuel la amenazó.

—Yo te salvé la vida una vez… Tu abuelo solía preparar remedios caseros, ¿recuerdas? Aquella vez mezcló uno para tratar problemas masculinos, pero aún no lo había diluido y tú, por accidente, lo tomaste. Fui yo… fui yo quien te ayudó a desintoxicarte con mi propio cuerpo. ¿Podrías, por lo menos, considerar lo que hice por ti…?

Jamás había contado esa historia.

Porque, si lo decía y ni aun así Lázaro cambiaba la manera en que la trataba, no le quedaría ni un gramo de dignidad.

Pero en ese instante, no le importó.

Sus ojos, llenos de esperanza, buscaron los de Lázaro, suplicando que perdonara a Elvia.

La voz de Lázaro siguió tan distante como siempre:

—¿De verdad crees que me voy a tragar esa historia? ¿Ahora resulta que tomé el remedio de mi abuelo por accidente y él nunca me dijo nada? ¿Y tú me salvaste con tu cuerpo? Por favor.

Rocío no pudo decir nada.

Tal como lo temía.

Su dignidad, hecha trizas bajo los pies de Lázaro.

Sabía desde hace tiempo que haberse enamorado de él fue un error, pero jamás lo había sentido tan profundo como ahora. Enamorarse sola, sin que el otro corresponda, era lo más humillante que podía pasarle.

No importaba cuánto lo quisiera, ni si entregaba hasta el alma por él; si ese hombre no estaba en la misma sintonía, jamás se conmovería.

Solo conseguiría que la rechazara aún más.

Ni seis años de matrimonio, ni un hijo en común, ni el hecho de que casi estaba rogándole de rodillas en ese momento servían de nada. Su corazón seguía igual de impasible.

Porque él no la amaba.

Simplemente, para Lázaro, Rocío era invisible.

El corazón de Rocío se sumió en la desesperación más absoluta.

Se aferró a Elvia y la ayudó a salir.

Solo después de dar unos pasos, Rocío se detuvo, se giró y le lanzó una sonrisa amarga a Lázaro:

—Señor Valdez, su hija va a crecer, y cuando lo haga, le ruego, de verdad, que le diga esto: que nunca, jamás, se enamore sola de un hombre. Porque si lo hace, va a perderlo todo. Y ese hombre, encima, va a destrozarla tanto que ni va a poder vivir, ni va a poder morir…

—Devuélvele el dinero del salón a la señora. Hoy su hijo y mi hija cumplen años juntos. —Ni siquiera miró a Rocío cuando tomó la decisión.

Sus palabras le habían tocado el corazón.

Y, sumado a la generosidad de Mireya, decidió dejar que Rocío se quedara, que Sergio y Carolina celebraran sus cumpleaños juntos.

Después de todo, Sergio también era su hijo, y Rocío podía ver a Carolina en su día especial.

—¡Enseguida, señor Valdez!

—No hace falta. —Rocío cortó de golpe.

Lázaro la miró, sorprendido de que se negara.

—Ya no vamos a celebrar nada. Elvia, vámonos. —La voz de Rocío sonó lejana, casi como un suspiro.

No iba a aceptar la caridad de Lázaro.

Para ella, eso era una humillación.

Pero en cuanto terminó de hablar, vio cómo Sergio entraba corriendo desde afuera:

—¡Mamá, ya salí de la escuela! ¡Mis amigos también vinieron a celebrar mi cumpleaños!

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