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El Desquite de una Madre Luchona romance Capítulo 72

Samuel se quedó parado, mirando la espalda de Rocío mientras ella se alejaba, sumido en sus pensamientos.

No lograba descifrar del todo a esa mujer; no entendía de qué iba ni cuáles eran sus intenciones.

Cuando Rocío ya se había perdido en la distancia, Samuel sacó su celular y marcó el número de Fabián.

—¡Señor Salinas! Todos fuimos engañados por Rocío, el proyecto de la residencia de ancianos no lo diseñó ella —soltó Samuel con un tono tan cortante que hasta el aire parecía haberse enfriado.

—Señor Ríos, si usted no confía en mí, puede cortarme la cabeza y ni así tendría derecho a quejarme. Pero si me cree, entonces no le complique más la vida a Roci, déjale aunque sea una oportunidad. ¡Ella la está pasando muy mal! ¡Muy, muy mal! —la voz de Fabián, al otro lado, sonaba llena de tristeza.

—¿A qué te refieres? —preguntó Samuel, desconfiado.

—Roci no mintió. Se lo ruego, por consideración a mí, no la ponga en más aprietos, ¿sí, señor Ríos? —Fabián bajó la voz, suplicando.

—Que no vuelva a cruzarse en mi camino nunca más. Si la vuelvo a ver, será su final —espetó Samuel antes de colgar.

Apenas terminó la llamada, Fabián se apresuró a marcar el número de Rocío.

Rocío iba conduciendo por la carretera cuando su celular sonó. Detuvo el carro a un lado y contestó, la voz rasposa y hueca.

—Fabián.

—Roci, ¿estás bien? ¿No te fue bien con Lázaro? —preguntó Fabián, preocupado.

La voz de Rocío se quebró entre desilusión, rabia y un toque de desesperación.

—Nadie me avisó... Nadie me avisó que Mireya era la diseñadora principal. ¡Ella es la principal! ¿Te imaginas lo que siento? ¿No es una burla? ¡Vaya burla! ¿O será que, mientras ella esté en este mundo, yo estoy de sobra? ¿Eso es lo que quieren decirme? Dime, ¿es eso?

Fabián guardó silencio un instante antes de responder.

—Roci... calma, por favor. Vas manejando, ¿sabes lo peligroso que es?

Rocío respiró hondo, el coraje se le fue desinflando poco a poco.

—Pero ese diseño era mío. Cinco o seis años de trabajo. Yo no lo hice para ganar fama ni dinero... Yo solo quería ayudar a los adultos mayores. ¿Quién puede entenderme?

La voz de Fabián se llenó de una ternura que rozaba la tristeza.

Al día siguiente, Rocío se aseguró de que la abuela tuviera sus radionovelas favoritas listas para escuchar —de esas que tanto le gustaban— y acomodó todo para que Elvia pudiera quedarse acompañándola en casa. Luego llevó a Sergio al kínder y se dirigió a la oficina de diseño.

Después de no haber obtenido ni una sola pista con Lázaro, solo le quedaba una opción: enfrentarse al problema de frente.

¿Qué importaba si el Grupo Valdez había cometido un error garrafal o perdido millones? Eso no tenía nada que ver con Rocío.

Sin embargo, sabía que abrirse paso en ese ambiente le iba a costar mucho.

Ahora debía buscar inversionistas sin que nadie confiara en ella, apostando a que, aunque el Grupo Valdez estuviera en la cima, alguien se animaría a invertir en su proyecto.

Rocío empezó a buscar información sobre posibles inversionistas, pero apenas había revisado un par de contactos cuando sonó el teléfono.

Respondió de inmediato.

—Elvia, ¿qué pasó? ¿Otra vez discutiste con la abuela?

—No, no es eso... No sé si deba contarte, pero la empleada de la familia Valdez encontró mi número y me llamó. Me dijo que Carolina lleva dos o tres días con fiebre y que está en el hospital con suero —le contó Elvia, preocupada.

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