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El Desquite de una Madre Luchona romance Capítulo 79

El sueño de Rocío desapareció de golpe.

—¿Tú… tú cómo pudiste dejar que mi abuela fuera a casa de los Zúñiga? ¿No decías que mi abuela también era tu abuela? ¿No sabes cómo esa familia se la vive humillándola?

—Yo… Roci, no pude hacer nada. Ya sabes que en las discusiones nunca le gano a la abuela. Si intentaba detenerla, iba a buscar a Lázaro… Pensé que hoy no habría nadie de los Zúñiga en casa, así que aunque fuera, no lograría nada. Por eso la dejé ir —Elvia la miró con cautela.

—¿Y cómo sabes que en estos días no hay nadie en casa de los Zúñiga? —Rocío la miró, desconcertada.

Elvia soltó un suspiro.

—Estos días has estado tan ocupada buscando inversionistas, que ya ni te enteras de nada. En tres días es el cumpleaños de Violeta, la abuela de Mireya, y, por cierto, la rival de nuestra abuela.

Rocío se quedó pasmada.

Ella sí sabía que justo por estos días era el cumpleaños de Violeta. De hecho, había planeado interceptar a Lázaro en la fiesta. Pero después, Elvia le pasó la dirección del evento benéfico donde ya había encontrado a Lázaro y Mireya, así que dejó de pensar en la celebración de Violeta.

Ahora, con el recordatorio de Elvia, lo recordó todo.

—¿Violeta no va a celebrar en su casa? —preguntó Rocío.

—Por culpa de Lázaro, que es un yerno de “alto nivel”, y porque Mireya es bien aplicada, este año la familia Zúñiga va a tirar la casa por la ventana para el cumpleaños de la señora. No lo harán en casa, sino en la Villa Serenidad, allá en Montaña del Viento, y por eso se fueron desde hace tres días para organizar todo. Dicen que Lázaro, ese yerno tan influyente, invitó a todos los peces gordos de Solsepia.

Rocío no dijo nada.

Justo cuando iba a abrir la boca, Elvia dio un brinco del coraje.

—¡Maldita sea! ¡Me revienta el hígado! ¡¿Por qué Lázaro tiene que andar de yerno en esa familia?! ¡Él debería cuidar a mi abuela! ¡Violeta ni es para tanto! ¡La que merece la atención de Lázaro es mi abuela!

A Rocío le sonó raro escuchar eso.

Le lanzó una mirada de fastidio a Elvia.

—Tampoco exageres. Lázaro es mi esposo. Yo ni siquiera tengo lazos de sangre con tu abuela.

—¡Eso sí que no, Rocío! ¡Te pasaste!

A veces se quedaba esperando varios días seguidos.

Sus ojos nublados siempre terminaban llenos de lágrimas, y las esquinas enrojecidas por tanto llorar.

Cada vez que volvían a casa, Rocío no podía evitar reclamarle:

—Abuela, ¿no podría tener un poco más de dignidad? ¿Por favor? ¿Ya no hay forma de que dejes de ir a hacer guardia afuera de la casa de los Zúñiga? Si quieres vivir en una mansión, yo te compro una, y hasta te pago quien te ayude en la casa, ¿sí?

Pero la abuela, entre sollozos y rabia:

—Roci, ¿por qué esa familia no se acaba de morir? ¿Por qué siguen vivos después de tanto daño? Mi yerno es más rico y más poderoso que todos ellos juntos. ¿Por qué no va y les exige cuentas por todo lo que me han hecho? Yo le contaría mis penas a mi yerno, que él se encargue de hacerlos pagar…

Siempre que la escuchaba decir eso, Rocío solo podía consolarla:

—Abuela, yo me haré cargo de ti hasta el final de tus días. No quiero que vuelvas a sufrir. Mejor ya no guardes rencor, ¿sí? Eso solo te hace daño. Si te mantienes fuerte y sana, vas a vivir más que ese viejo y su nueva esposa.

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