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El Día que lo Dejé, Firmé con su Mayor Rival romance Capítulo 255

Pero fue interceptada por un brazo fuerte y vigoroso.

—Señorita Florencia, ¡compórtese! ¿Ha considerado las consecuencias de golpear a mi gente?

Mariano había aparecido detrás de Bianca sin que nadie lo notara, deteniendo a tiempo la bofetada de Florencia.

Florencia recobró la cordura en ese instante y una sensación de inquietud surgió en su interior.

Por más rabia que sintiera, no se atrevía a enfrentarse al heredero de Grupo Fajardo.

Le lanzó una mirada fulminante a Bianca, se recogió el vestido y se dio media vuelta para irse.

—¿Estás bien? —Mariano miró a Bianca con gentileza.

Bianca respiró hondo, bajando la mirada para ocultar su nerviosismo. —Estoy bien, gracias, director Fajardo.

Dicho esto, bajó la mirada y caminó rápidamente hacia el baño al final del pasillo.

Al llegar, se echó agua fría en la cara y se apoyó con ambas manos en el lavabo helado. Pasó un buen rato antes de que los latidos agitados de su corazón se calmaran.

Bianca cerró los ojos, incapaz de dejar de recordar esa frase de Mariano.

«¿Ha considerado las consecuencias de golpear a mi gente?».

Su gente... Dijo que ella era «su gente»...

Mirándose en el espejo con aspecto un poco desaliñado, Bianca se dio unas palmaditas en las mejillas. —No te hagas ideas, solo te ve como su subordinada.

Regresó al salón de banquetes diez minutos después.

Florencia y Alexis ya no estaban; probablemente se habían ido hace un rato.

Sin embargo, el incidente le había afectado y el ánimo de Bianca no se levantaba.

La gente no dejaba de acercarse a brindar con ella, y Bianca no rechazaba a nadie. Pasó de dar pequeños sorbos a tragos grandes, y finalmente a beberse las copas de un solo golpe.

Luis, que estaba en un rincón, vio esto y se acercó a su jefe. —Director Fajardo, si la señorita Bianca sigue bebiendo así, se va a emborrachar en poco tiempo. ¿Necesita que vaya a interceptar las copas?

En el asiento trasero, Bianca no se estaba quieta. Al ver que el coche iba a arrancar, empezó a manotear la puerta. —Mi coche... mi coche se quedó ahí atrás.

Mariano se frotó el entrecejo, le ordenó a Luis que bloqueara las puertas y luego consoló a la mujer con voz suave: —Alguien te lo llevará después.

El cerebro de la mujer parecía haberse desconectado. Giró lentamente la cabeza para mirarlo, con medio cuerpo recostado sobre la consola central, y murmuró para sí misma: —Te me haces muy conocido... eres muy guapo.

Adelante, a Luis se le pusieron los ojos como platos. ¿La señorita Bianca estaba... coqueteando con el jefe?

La señorita Bianca, siempre tan digna y serena frente a los demás, resultaba tener un lado adorable cuando se emborrachaba.

Luis negó con la cabeza, resignado.

Justo cuando planeaba aguzar el oído para echar el chisme, la mampara divisoria del asiento trasero se subió lentamente.

Luis se tocó la nariz; aún no había escuchado suficiente.

En el asiento de atrás, la mujer seguía murmurando recostada en la consola. Mariano bajó la mirada y, al rozar accidentalmente cierta parte del cuerpo de ella con la vista, su respiración se detuvo por un instante.

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