Del susto, casi se le cae el tenedor.
—Bianca, ¿qué pasa? ¿No te gustó la comida? —preguntó Sofía al ver su reacción, temiendo que algo estuviera mal con los platillos.
Bianca se puso roja hasta las orejas.
—No, no es eso.
Bajó la mirada rápidamente y se puso a jugar con el arroz en su plato.
Junto a ella, Mariano esbozó una sonrisa traviesa.
El profesor los miró a ambos y, adoptando un tono severo, le dijo a Bianca:
—Tú no tengas prisa. Tienes que estudiar, así que nada de novios por ahora.
El profesor seguía resentido por el hecho de que, cinco años atrás, Bianca hubiera renunciado a su carta de aceptación por un hombre.
Realmente temía que a la muchacha le volviera a dar un ataque de «amor ciego».
Un destello de culpa cruzó los ojos de Bianca; no se atrevía a levantar la vista hacia el profesor y murmuró un «ajá» poco convincente.
Sofía, en cambio, le rodó los ojos a su marido y miró a Bianca con una sonrisa amable.
—No escuches a este viejo. Ya no eres una niña, si encuentras a alguien adecuado, adelante. Yo confío en que puedes equilibrar los estudios, el trabajo y el amor.
El profesor refunfuñó:
—Mírala nomás, quiere estudiar, trabajar y además cuidar a su madre. Si se pone de novia, ¿de dónde va a sacar tiempo y energía? Tiene que hacerme caso: primero descartar las cosas que no aportan valor y esperar a graduarse para pensar en novios.
Al oír eso, Sofía se molestó y soltó los cubiertos de golpe sobre la mesa.
—Me doy cuenta de que con la edad te vuelves más grosero. ¿Qué es eso de «cosas que no aportan valor»? ¿El amor no tiene valor? ¿Acaso quieres decir que ya te hartaste de mí, que no sientes nada y quieres el divorcio?
—Yo no quise decir eso... —El profesor Nicolás se sintió injustamente acusado y se apresuró a sobarle la espalda a su esposa para contentarla—. No es eso, mujer. Yo nunca me hartaría de ti, te quiero cada día más. Ya, tranquila, no te enojes.
Frente a ellos, Bianca no podía creer lo que veía. No imaginaba que el profesor tuviera dos caras tan distintas: una en la universidad y otra en casa.
No pudo evitar intercambiar una sonrisa cómplice con Mariano.
La risa de los jóvenes hizo que Sofía se sonrojara y apartara la mano del profesor Nicolás.
—A comer, a comer, que los muchachos se están burlando.
Adriana se encogió de hombros.
—Pues entonces no sé. Tú sabes cómo es esto: mi hermano siempre me controla a mí, pero yo jamás he podido controlarlo a él.
—Tú... —Orlando estaba furioso, golpeando el suelo con su bastón, produciendo un sonido seco y molesto.
Se giró hacia su nuera.
—Valeria, ¿qué está pasando? Habíamos quedado que hoy era la comida familiar, ¿por qué Mariano desaparece así de la nada?
Valeria Castro de Fajardo le sonrió al anciano con un tono ni sumiso ni altanero:
—Quizás algún cliente lo llamó de improviso. Yo digo que si no viene, no pasa nada; es solo una comida familiar, comamos nosotros y ya.
Orlando entrecerró los ojos y dijo con tono desagradable:
—Esta no es una comida cualquiera. Es la primera comida formal desde que Esteban regresó.
Adriana intervino de inmediato:
—Abuelo, ya te está fallando la memoria. ¿Cuál primera vez? Si la noche que Esteban regresó ya cenamos todos juntos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que lo Dejé, Firmé con su Mayor Rival
Me han quitado ya mas 15 desbloqueo los capítulos me da error y no se abren que esta pasando...