Héctor subió una pierna sobre la otra, mirando a Camila de reojo.
—¿Qué pasa? ¿No te alegra que haya salido antes?
Se contestó a sí mismo con una sonrisa torcida:
—Bueno, claro que no te alegra. Estás a punto de tener la vida resuelta gracias al niño, pero justo salgo yo antes de tiempo. Si por accidente se me soltara la lengua, tu sueño de casarte con un millonario se haría pedazos, ¿verdad?
—¡Basta! ¡Deja de amenazarme! —Camila se levantó de golpe. A contraluz, miró el único ojo útil de Héctor y sintió náuseas.
Camila apretó los dientes:
—Si no hubieras convencido a mi papá de ir a apostar contigo aquel año, él no habría terminado debiendo tanto dinero a los usureros, ¡ni habría tomado ese camino sin retorno! Al final, todo fue por tu culpa. ¡Tú eres el causante de todo esto!
Cristian y Héctor eran hermanos de sangre. En su pueblo eran pobres, así que ambos dejaron la escuela muy jóvenes para buscarse la vida.
Uno se fue al sur y el otro al norte.
Después de más de una década de esfuerzo, Cristian había logrado entrar por suerte a trabajar para la familia Fajardo. Paso a paso se ganó la confianza de Orlando hasta convertirse en mayordomo, con un buen sueldo y prestaciones.
Héctor, en cambio, fracasó en el sur y se fue al norte para buscar a su hermano.
Cristian sabía la clase de ficha que era su hermano, así que no se atrevió a meterlo a trabajar con los Fajardo, pero le consiguió un puesto de guardia de seguridad en una zona residencial de lujo, donde la paga no estaba mal.
Pero Héctor, al ver entrar y salir a los millonarios, empezó a sentir envidia, fantaseando con que algún día él también se haría rico de la noche a la mañana.
Así fue como, juntándose con malas compañías, aprendió a apostar.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que lo Dejé, Firmé con su Mayor Rival
Me han quitado ya mas 15 desbloqueo los capítulos me da error y no se abren que esta pasando...