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El Día que lo Dejé, Firmé con su Mayor Rival romance Capítulo 537

¿La familia Jaramillo?

El anciano se sintió un poco confundido. ¿Qué querrían los Jaramillo con él?

La relación entre los jóvenes de ambas familias era bastante buena, pero la amistad del anciano con ellos era apenas regular. Con la cabeza llena de dudas, ordenó que los hicieran pasar a la sala.

En el centro de la estancia, Gonzalo Jaramillo, el padre de Hugo, y su hijo mayor, Simón Jaramillo, esperaban sentados con la espalda recta. Ninguno hablaba, aguardaban en silencio la llegada del patriarca.

Poco después, Orlando llegó apoyado en el brazo de Samuel.

—Don Orlando —Gonzalo se levantó de inmediato para recibirlo, y Simón también inclinó la cabeza a modo de saludo.

—Buenas tardes, señor Fajardo.

Orlando agitó la mano.

—Sin formalidades, siéntense, siéntense.

El personal de servicio le trajo al anciano su bebida habitual.

Gonzalo expresó su preocupación por los eventos recientes en la familia Fajardo y preguntó por la salud del anciano. Orlando respondió con sonrisas y cortesía, intercambiando las frases de rigor.

Luego, dejó la taza sobre la mesa y dijo con una sonrisa afable:

—Bueno, nuestras familias no son extrañas. Si tienen algo que decir, hablen con confianza.

Por la actitud, los regalos y el hecho de haber traído a su hijo mayor, era obvio que venían a pedir algo.

Gonzalo sonrió.

—Como siempre, nada se le escapa a usted.

Miró a su hijo antes de hablar con calma:

—Este es mi hijo mayor, Simón. Actualmente dirige la empresa conmigo en Grupo Jaramillo. El muchacho tiene su talento; desde que se hizo cargo, el rendimiento ha subido como la espuma. Claro, no se compara con su nieto Mariano, pero entre la segunda generación, es un joven bastante decente.

El anciano observó a Simón de arriba abajo con una sonrisa y asintió con aprobación.

—Es usted muy modesto. La reputación de Simón es conocida incluso por un viejo retirado como yo. De tal palo, tal astilla. Además, viéndolo hoy, tiene una presencia impecable. Es un joven sobresaliente.

Al escuchar los halagos del anciano, Gonzalo se alegró enormemente, pensando que el asunto tenía un noventa por ciento de probabilidad de éxito.

Sin embargo, mantuvo la modestia en la superficie:

—Qué va, usted me lisonjea.

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