Jaime López vio cómo ellas se le quedaban mirando pasmadas y adivinó que su propio aspecto debía ser lamentable. Se arregló el cuello de la camisa y el cabello como pudo, y caminó a paso rápido hacia la cama de Bianca.
—¿Despertaste? —preguntó con preocupación—. ¿Cómo te sientes? ¿Hay algo que te duela?
Bianca lo examinó. Al ver que la ansiedad y el interés en sus ojos no eran fingidos, la guardia que mantenía en su corazón se relajó poco a poco.
«¿De verdad salté al mar solo por una pelea con él?», pensó ella.
Pero él no parecía el tipo de hombre rencoroso o agresivo. Le costaba imaginar cómo un hombre con esa cara podría hacer enojar a su novia al punto de orillarla a lanzarse al océano. Y, además... bajó la mirada para verse a sí misma. ¿Acaso ella era el tipo de mujer que hace un berrinche de vida o muerte por una pequeñez?
¿Qué clase de persona era ella, en realidad?
Bianca se llevó la mano a la frente, tratando de recordar con todas sus fuerzas, pero no consiguió nada. O bueno, no exactamente nada; fue peor. El cerebro le empezó a palpitar con dolor.
—¿Qué pasa? ¿Te duele la cabeza? Voy a llamar al doctor —dijo Jaime, poniéndose pálido al verla sujetarse la cabeza.
Bianca no quería que buscara al médico. Seguro vendría a hacerle mil preguntas, y no quería que supiera lo que acababa de pensar.
Justo en ese momento, sus tripas rugieron. Bianca le sonrió con vergüenza a Jaime.
—¿Tienes hambre? —preguntó él.
Jaime soltó una risa suave.
—¿Qué se te antoja? Iré a comprártelo.
Bianca lo pensó un momento.
—Quiero algo calientito.
—Está bien.
Al salir del hospital, Jaime fue a la panadería más cercana. Al no estar en el país, no había tanta variedad de desayunos; los locales solían desayunar pan con leche o una especie de empanada grasosa. Bianca acababa de recuperarse de una crisis, no podía comer cosas muy dulces ni muy grasosas, pero le preocupaba que solo carbohidratos no fueran suficiente nutrición. Así que compró dos vasos de avena caliente y pidió dos sándwiches recién hechos.
Mientras el empleado los empacaba, sonó el celular en el bolsillo de Jaime. Era su asistente.
—Jefe, hay un cliente súper complicado, es necesario que usted lo atienda personalmente. Usted... regresa mañana, ¿verdad?
El Jaime actual tenía un despacho en Londres. No era grande, con menos de diez empleados, pero los ingresos eran decentes y su vida era estable y tranquila; él estaba satisfecho. En su tiempo libre, se había unido a una organización de voluntariado local y a veces viajaba con ellos al extranjero para realizar actividades de ayuda humanitaria. Esta vez, habían venido a esta pequeña isla.
El último día, al terminar la misión, el organizador los llevó a ver el paisaje en una zona marítima cercana, y fue allí donde Jaime rescató a Bianca, que estaba inconsciente.
Cuando la vio por primera vez, Jaime no podía dar crédito a sus ojos. Por un momento sospechó que estaba soñando. ¿Cómo podía ella estar allí?
Los gritos de asombro a su alrededor le confirmaron que no era un sueño, así que la cargó de inmediato y corrió al hospital más cercano. Afortunadamente, todo quedó en un susto. Tras una noche entera de fiebre, ella había despertado. Sin embargo, justo al salir, el médico le había dicho que Bianca sufría de amnesia temporal y que debía prepararse mentalmente.
Jaime se quedó en silencio.
—¿Hola? ¿Jefe? —dijo la voz al otro lado, pensando que se había cortado la llamada.
En los quince minutos que llevaban afuera, no había parado de contestar llamadas y mensajes; sus manos no descansaban. Probablemente ella no soportó que el trabajo fuera más importante que ella y quiso usar el suicidio para probar su lugar en su corazón. Un poco irracional de su parte.
Bianca quiso ir a disculparse con Jaime. Movió la silla de ruedas con cuidado hasta situarse detrás de él, planeando decirle «lo siento» en cuanto colgara.
—Resérvame un boleto de avión a Londres para esta tarde —instruyó Jaime con voz grave.
Bianca abrió los ojos de par en par. ¿Un boleto? ¿Qué significaba eso? ¿Ya no la quería? Su pecho se agitó violentamente. ¡Qué hombre tan tacaño! ¿La iba a abandonar ahí solo porque sus piernas aún no sanaban?
¿Planeaba terminar con ella? ¡Ja, hombre despiadado!
Finalmente, Jaime terminó de hablar de trabajo y se dio la vuelta, pero se llevó un susto al ver a Bianca aparecer de la nada detrás de él. Antes de que pudiera decir algo, escuchó el reclamo frío de ella:
—¿Planeas dejarme sola aquí para que me muera?
Jaime se quedó pasmado, parpadeó; su cerebro hizo cortocircuito y no entendió a qué se refería Bianca.
—¿Qué?
Bianca estaba que echaba chispas.
—Le pediste a tu asistente que te reservara un boleto a Londres para esta tarde. Un boleto. Tú te vas, ¿y yo qué? ¿Me quedo aquí? ¡Ja! ¿Quieres deshacerte de mí? ¡Ni lo sueñes!
Jaime estaba aturdido, su nuez de Adán se movió al tragar saliva. Por un instante, tuvo la alucinación de que Bianca le estaba haciendo un berrinche de novia.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que lo Dejé, Firmé con su Mayor Rival
Me han quitado ya mas 15 desbloqueo los capítulos me da error y no se abren que esta pasando...