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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 173

Perla no pudo evitar suspirar. Con el calor que hacía, todos querían tomarse un descanso, pero Marisa insistía en terminar el trabajo antes de parar.

Tal vez el talento sea un regalo, pero para lograr cosas que pocos pueden alcanzar, se necesita una voluntad de hierro que casi nadie posee.

Resignada, Perla tomó una botella de agua helada y se la llevó a Marisa.

Al acercarse, notó que la cara de Marisa estaba llena de manchas de colores, igual que los garabatos que hacía en la pared.

—Marisa, toma un poco de agua, necesitas reponer líquidos. Con todo ese sudor, si te desmayas por deshidratación, no voy a poder con la culpa —dijo Perla, ofreciéndole la botella.

Marisa la aceptó, destapó y bebió un trago tan largo que casi se termina el agua de una sola vez.

Mientras tanto, Perla observó el mural que Marisa pintaba en la pared. En su expresión se notaba la admiración.

—De verdad que te mereces que te digan la Monet de la Academia de Arte de Clarosol. Mira cómo logras que la luz y la sombra se mezclen a la perfección. Y este oso, ¿cómo le haces para que quede tan adorable?

Marisa se rio, agradecida por el reconocimiento.

—Eso de Monet de la Academia de Arte de Clarosol lo dicen de broma, no me compares con él, no podría con esa presión.

Después de hablar, Marisa miró la parte de la pared que aún le faltaba. Ahí tenía que pintar un bosque.

Pero pintar árboles era todo un reto para Marisa. Tenía que jugar con la luz y la sombra, lograr que nada se viera forzado o rígido, que todo fluyera natural.

Volvió a examinar su mural. El oso, sin duda, había quedado simpático, con su actitud bonachona, sentado, con las piernas cruzadas y abrazando su comida.

Pero ese resultado no era producto de un don natural.

Había pasado horas la noche anterior viendo videos para practicar cómo dibujar osos, solo así lo consiguió.

Tras terminar el agua, Marisa volvió a su trabajo.

—Sí, la verdad se ve muy simple. Parece como si unos niños estuvieran jugando a pintar. No tiene nada de especial —añadió otro, intentando restar importancia.

Marisa recogió sus cosas con rapidez, sin prestarles atención. No tenía ganas de gastar energía en ese tipo de gente.

En este mundo hay demasiadas personas cargadas de mala vibra, no vale la pena responderles a todos.

Al notar que Marisa los ignoraba, el grupo cambió de tema.

—Con estas manchas de pintura encima, no podemos subir al metro. Mejor le pido al chofer de la familia que venga por mí, y de paso los llevo a ustedes —propuso una chica, la misma que antes había presumido gastar miles de pesos en productos de cuidado facial.

Por su acento, era originaria de Clarosol.

Se notaba su aire altivo, y ni así se olvidó de invitar a Marisa:

—Marisa, hoy nos ayudaste un buen rato, y como en el carro sobra espacio, ¿por qué no vienes con nosotros? Que el chofer de la familia también te lleve a ti.

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