La mirada de Margarita estaba llena de impotencia, una pizca de tristeza y una furia contenida que apenas podía ocultar.
Su expresión era la de quien ve a la persona que más quiere, después de una pelea dolorosa.
Alejandra, que siempre decía lo que pensaba, al ver cómo Margarita la defendía y a la vez soportaba la actitud de Rubén, se limpió las lágrimas con rabia y le espetó:
—Rubén, ¿no será que odias a Margarita solo porque no pudiste casarte con ella? Ya estás grande, ¿no crees que deberías mostrar un poco de dignidad?
Marisa sintió un golpe en el pecho. ¿Sería cierto? ¿Rubén se había casado con ella solo porque no logró quedarse con Margarita? Ese pensamiento le amargó el corazón como un trago de limón agrio.
Margarita le echó una mirada rápida a Marisa, esperando verla molesta o al menos incómoda, pero para su sorpresa, Marisa no mostró ninguna emoción.
En cambio, tomó con calma el cuchillo y el tenedor, y le sirvió un trozo de pescado a Rubén.
—Cómetelo ahorita, si se enfría ya no sabe bien.
Rubén, que hasta hace un momento estaba a punto de explotar, relajó el ceño. Las palabras de Marisa, tan simples y tranquilas, cambiaron el ambiente en el comedor por completo, como si hubieran traído una ráfaga de aire fresco.
Felipe y Camelia, notando el cambio de ánimo, aprovecharon para animar al grupo:
—¡Eso, eso! ¿Para qué pelear? Mejor coman, la comida de hoy está fresca, hay que aprovechar. No se queden con hambre, aquí nadie se va con las manos vacías.
Rubén miró de reojo a Marisa, y en su mirada se notaba que la admiraba. Ella era mucho más serena y fuerte de lo que él había imaginado.
Al terminar la comida, todos empezaron a platicar en pequeños grupos.
Marisa se levantó con la intención de ir al baño.
Rubén la miró y preguntó:
—¿Quieres que te acompañe?
Ella se rio, negando con la cabeza.
—No soy una niña de tres años, Rubén. ¿Acaso crees que me voy a perder?
Rubén soltó una carcajada y la dejó ir, sin soltarle la mano hasta el último momento.
Vistos desde fuera, los dos parecían una pareja perfectamente compenetrada.
En el baño, el aroma de las fragancias llenaba el aire.
La verdad, Marisa no había ido al baño por necesidad. Había comido demasiado pescado y ahora tenía náuseas.
Abrió la llave del agua y, apoyada en el lavabo, trató de contener el malestar, pero acabó con arcadas.
Se sentía un poco descompuesta.
De repente, escuchó una voz a sus espaldas. Era una voz arrogante, con un deje de desdén.
—He conocido a personas de carácter tranquilo, pero tú pareces hecha de gelatina. ¿Será que no tienes el valor para plantarte y por eso prefieres hacerte la inocente?
Marisa tomó un par de servilletas y se limpió los labios antes de girarse para encarar a quien hablaba.
Era Alejandra.
Inspiró hondo, aguantando el sabor amargo en la garganta, y solo después de unos segundos pudo responder con firmeza:
—Alejandra, la que se hace la inocente no soy yo… esa es otra persona.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló
Mas capítulos 🥲🙏...
Mas capítulos plis 🫠...
👋🫰...
Más capítulos 🤗...
Más capítulos plis 🙏...
Está buena la trama 🫰...
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Me encanta esta aplicación 😊 muchas gracias por subir la novela 😊...