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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 283

El carro llegó sin prisa al registro civil. Un trayecto que normalmente tomaba media hora terminó convirtiéndose en un viaje de casi una hora.

Ese día, el lugar estaba casi desierto.

Había muchos espacios de estacionamiento vacíos, solo unos cuantos carros dispersos aquí y allá.

Al bajar, Rubén mantuvo su habitual actitud de caballero y rodeó el carro hasta la puerta del copiloto. Justo cuando Marisa desabrochaba el cinturón, él ya le abría la puerta.

Por un instante, Marisa se sintió incómoda.

Bajó del carro con una sonrisa y le agradeció.

Después de todo, una vez que saliera del registro civil, ya no sería más la señora Olmo. Cualquier gesto de Rubén hacia ella a partir de ese momento merecía su gratitud.

Entre los dos, la cortesía empezaba a marcar distancia.

Rubén frunció el entrecejo sin darse cuenta.

Marisa, como si pudiera ver a través de él, lo miró de reojo. A Rubén le salió el comentario con un dejo de amargura:

—No hay de qué.

Frente a ellos, una larga y empinada escalinata les esperaba para llegar a la entrada.

Rubén deseaba, en el fondo, que esas escaleras se hicieran eternas, que nunca acabaran.

Pero cuando ya habían subido la mitad, no aguantó más y abrió la boca:

—Hoy me mandaron el video que anda circulando en internet.

El corazón de Marisa dio un brinco. En medio de su enojo, ni siquiera había considerado que Rubén pudiera ver ese video.

Seguro que le molestó, ¿no?

Al final, aunque se quisieran o no, ¿qué hombre soportaría ver cómo le pedían matrimonio a su esposa, aunque fuera solo de nombre?

Eso sería humillante para cualquiera.

Marisa apretó los labios y, con un tono apenado, respondió:

—Perdón, yo tampoco pensé que alguien iba a grabar y subirlo a internet.

La verdad es que el regreso de Marisa a la familia Loredo no era un camino fácil. Más bien, estaba plagado de espinas.

Pero, entre más difícil se volvía el camino, más claro quedaba lo importante que era Samuel para ella.

Aunque esa ruta la llenara de heridas, Marisa estaba dispuesta a lanzarse de cabeza hacia Samuel, sin importar nada.

Un sabor agrio, como si una lima entera se hubiera hecho jugo en su pecho, dejó a Rubén con los ojos un poco enrojecidos.

No quería que Marisa notara cómo se sentía, así que se giró a un lado, mirando hacia un rincón vacío, sin saber ni siquiera qué buscaba con la vista.

Pero entonces, escuchó que Marisa le hablaba, con voz incrédula y un dejo de asco:

—¿Casarme? ¿Yo con Samuel? —repitió sorprendida y hasta molesta—. ¿Yo cómo voy a casarme con Samuel? Si ya una vez me metí en ese infierno, ¿tú crees que volvería a hacerlo? Solo que estuviera ciega lo haría de nuevo.

Rubén pensó que había escuchado mal. ¿No era esa la frase que había soñado tantas veces?

¿Ahora resultaba que la estaba escuchando de verdad?

Tal vez sí necesitaba ir al doctor...

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