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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 282

Marisa acababa de terminar sus compras y pagar en la caja.

Con las bolsas en la mano, contestó la llamada de Rubén.

Al otro lado, hubo un silencio de dos o tres segundos antes de que él hablara. Su voz sonaba mucho más grave que antes, casi irreconocible.

—¿Tienes tiempo? Puedo mandar al chofer por ti.

Marisa se quedó un poco desconcertada un par de segundos. Miró la hora: ya casi eran las dos de la tarde.

Si Rubén quería que el chofer la recogiera a esa hora, era claro a dónde iban: al registro civil. Justo esa tarde el registro abría, así que la intención de la llamada era evidente.

—Sí, tengo tiempo.

Rubén guardó silencio unos segundos más.

—¿Le digo al chofer que pase por ti al hotel, o…?

La librería quedaba algo lejos del hotel. Como iban al registro civil, Marisa decidió que no tenía caso regresar al hotel.

—Ya no estoy en el hotel. Mejor le mando mi ubicación al chofer.

Marisa pensó que el chofer iría por ella, como siempre.

Pero al acercarse al lujoso carro de la familia Olmo, se dio cuenta de que quien estaba al volante era Rubén.

Al principio pensó subirse al asiento trasero, pero le pareció una falta de respeto hacia Rubén, que estaba manejando. Así que puso primero las cosas que había comprado en la librería en el asiento trasero, y luego rodeó el carro para sentarse en el asiento del copiloto.

Se abrochó el cinturón con un aire obediente y preguntó:

—¿No que ibas a mandar al chofer por mí?

Rubén evitó mirarla.

—Tenía un asunto que atender por aquí cerca, así que vine yo.

Apenas terminó de hablar, como si temiera que Marisa le diera más vueltas al asunto, enseguida desvió la conversación hacia los artículos que ella había dejado en el asiento trasero.

—¿Para qué tanta prisa en comprar esas cosas?

Marisa, sin notar el nerviosismo o cualquier otra emoción en Rubén, respondió con sinceridad:

—El chofer de la familia Olmo me contó que a su hija le gustan mucho mis pinturas. Pensé en regalarle una.

Rubén miró de reojo el perfil de Marisa, bañado por la luz del sol.

Durante todo el trayecto, ninguno de los dos volvió a decir una palabra.

El ambiente en el carro era denso, cargado de algo incómodo.

Marisa, de vez en cuando, lanzaba una mirada furtiva a Rubén, que no parecía distraerse ni un momento de la carretera.

¿Siempre era tan dedicado en todo lo que hacía?

De repente, le vino a la mente la noche anterior, en la cama. Recordó lo concentrado que él había estado, y solo de pensarlo, las mejillas se le tiñeron de rojo.

Volteó el rostro hacia la ventana, fingiendo que admiraba las calles de la ciudad.

Aunque la verdad, las calles de Clarosol las había visto ya miles de veces.

Justo cuando giró la cabeza, Rubén la miró de reojo. Tragó saliva, como si quisiera decirle algo, pero al mover los labios no salió ningún sonido.

En sus ojos se asomaba una tristeza difícil de ocultar.

De pronto, el ambiente se llenó de una melancolía extraña, como si todo fuera un adiós.

Cuando Marisa volvió a mirar por la ventana, Rubén apartó la vista con rapidez, temiendo que ella lo descubriera.

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