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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 318

La mirada brillante de Rubén recorrió a todos los presentes en el privado, pero en un parpadeo, ese brillo se apagó un poco.

Nadie pareció notar ese cambio en sus ojos.

Claudio levantó la mano, invitándolo a acercarse y tomar asiento.

Gabriel, por su parte, se puso de pie para recibir a Rubén.

—Señor Olmo, ya lo esperábamos, venga a sentarse aquí.

Le señaló el lugar a su lado, dejando intencionalmente un espacio privilegiado, como si Rubén fuera el centro de atención.

Pero Rubén no disfrutaba de esos ambientes tan concurridos. Mucho menos le gustaba sentarse justo en medio de todos.

Echó una mirada rápida a Claudio, y este entendió al instante, cediéndole el lugar a su costado.

Rubén entrecerró los ojos y observó el sitio entre Claudio y Margarita. Le lanzó a Claudio otra mirada insinuando su incomodidad.

Claudio, sin embargo, no captó el mensaje.

Tras un breve silencio, Rubén habló con calma.

—Me siento en la orilla.

Solo entonces Claudio lo comprendió: Rubén simplemente no quería estar junto a Margarita.

Margarita también lo entendió al vuelo.

Ella siempre había sido experta en hacerse la víctima. Sin perder tiempo, alzó la cabeza y miró a Rubén con ojos heridos.

—Rube, ¿por qué me evitas como si yo fuera algo terrible? Ni que te hubiera hecho algo para que me detestes.

Claudio no pudo evitar sentir cierta admiración por Margarita. Decir algo así, independientemente de si era hábil socialmente o no, solo lograba que todos quedaran en una situación incómoda.

Entre los presentes, solo Alejandra pensaba que su primo estaba aislando a su amiga.

A ojos de Alejandra, acababan de llegar a Clarosol con toda la familia, y el gesto de Rubén era como una especie de advertencia.

Si ahora relegaban a Margarita, pronto le tocaría a ella.

Así que, por su propio bien, Alejandra decidió intervenir.

Margarita, notando el ambiente tenso, se levantó y habló con voz temblorosa.

—Ale, la culpa es mía. Si no hubiera venido hoy, no estaríamos todos así de incómodos.

Dicho esto, se dispuso a marcharse.

—Mejor me voy. Que la pasen bien.

Claudio, viendo la escena, retiró la silla para facilitarle la salida. En el fondo sabía que Margarita nunca debió estar presente en esa cena, que era para recibir a Gabriel y su esposa.

¿Qué hacía ella allí?

Alejandra, al ver que Margarita realmente se iba, dejó a un lado su propio enojo y lanzó una mirada acusadora a Claudio, quien le despejaba el paso a Margarita.

—¡Margarita, hoy no te vas a ningún lado! Te quedas aquí conmigo.

Dicho esto, la tomó del brazo y la obligó a sentarse de nuevo.

Margarita, entre resignada y contrariada, se dejó llevar y volvió a tomar asiento, con una expresión de tristeza y desánimo en el rostro.

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