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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 339

Incluso el analgésico parecía haberse calentado un poco en sus manos.

Marisa abrió la boca y el sabor amargo del medicamento se extendió por toda su lengua, invadiendo su boca con una sensación desagradable que le provocó un escalofrío.

Tragó rápidamente un sorbo de agua, pero el analgésico no bajó, quedándose pegado en la punta de la lengua.

Al ver la cara de sufrimiento de Marisa, Rubén le ofreció otro trago de agua y la animó:

—Despacio, traga poco a poco, no te apures.

Marisa inhaló profundo y, solo entonces, logró tragar el analgésico que todavía quedaba en su boca.

Rubén dejó el vaso de agua y se levantó, saliendo con paso apresurado.

Escuchando sus pisadas rápidas, Marisa pensó que quizás había surgido algún asunto urgente en el grupo empresarial y que él tendría que irse.

Sin embargo, a los pocos minutos, Rubén regresó rápidamente, llevando en la mano un caramelo de colores.

Mientras se acercaba a la cama, iba abriendo el envoltorio brillante:

—Le pedí a Cristian que buscara a las enfermeras para ver si tenían algo. Tal vez no sea tu favorito, pero al menos puede quitarte el sabor amargo de la boca.

Al terminar de hablar, ya estaba sentado junto a la cama, acercándole el dulce a los labios.

Antes de probarlo, Marisa ya había percibido el aroma dulce y empalagoso del caramelo.

El analgésico de hace un rato le había dejado un amargor que le calaba hasta los huesos.

Abrió la boca suavemente y dejó que el caramelo se deshiciera en su boca.

El sabor a vainilla y crema explotó en su lengua, borrando de inmediato cualquier rastro de amargura. Incluso las líneas tensas de su ceño se relajaron.

Una tibieza le recorrió el pecho.

Pero, de pronto, Marisa se puso alerta, y sus ojos grandes, asustados como los de un conejo, se clavaron en Rubén.

—Rubén, tengo que ir al baño.

Rubén la miró, desconcertado.

—¿Te dieron muchas ganas?

Marisa vaciló y luego contestó:

—No tanto, pero me da miedo manchar la ropa o las sábanas…

Al escucharla, Rubén se tranquilizó.

Le restó importancia:

—Hoy no tengo ningún pendiente. Cuando estés mejor, el doctor que está afuera entrará a revisarte. Si sigues con tanto dolor, solo te harás más daño.

No soportaba verla sufrir; preferiría que el dolor fuera suyo.

Marisa sintió que algo se removía dentro de ella, una oleada de sentimientos a punto de desbordarse.

No tuvo tiempo de pensar en ello; el teléfono sonó de pronto: era una llamada de Yolanda.

Al ver el nombre en la pantalla, Marisa se quedó pasmada. Su madre siempre le escribía por WhatsApp, casi nunca la llamaba.

¿Qué se le habría ocurrido hoy para marcarle?

Respondió la llamada.

La voz de Yolanda sonó llena de emoción y entusiasmo:

—¡Marisa! ¡Mira nada más! ¡Te embarazas y ni avisas! Me vine a enterar por Sabrina. Estoy aquí en la entrada del hospital con Sabrina. ¿En qué cuarto estás?

El color se le fue del rostro a Marisa, más aún que cuando se había desmayado del dolor.

Al borde del pánico, buscó el apoyo de Rubén con la mirada.

—Rubén, mi mamá ya se enteró de lo del embarazo. Está aquí en el hospital. ¿Qué hago?

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