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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 371

—¿Corte de listón? ¿El señor Cáceres es el invitado de honor para inaugurar la galería Jasmine?

—¿La galería Jasmine de verdad logró invitar al señor Cáceres para que salga de su retiro?

Algunos jóvenes del medio artístico no ocultaron su asombro:

—Jasmine logró que el señor Cáceres, después de tanto tiempo sin aparecer, aceptara ser el invitado de honor... Es casi como si hubieran revivido al mismísimo maestro Alan, ¿no?

Emiliano alcanzó a escuchar ese comentario.

Se echó a reír, su risa vibró fuerte en el aire mientras señalaba al joven que había hablado:

—¡Eso no es así!

Por un instante, todos pensaron que el señor Cáceres se había sentido ofendido y que iba a montar un escándalo. Pero, para su sorpresa, entrecerró los ojos y replicó con picardía:

—Venir hoy como invitado de honor vale mucho más que revivir a Alan, ¿eh? Porque, a diferencia de eso, hoy vine trayendo una pintura de paisajes hecha por el mismísimo Alan.

Un murmullo de asombro recorrió la sala.

—¡Una pintura de paisajes de Alan! Eso ni siquiera las casas de subastas más grandes han podido conseguirlo. ¿Señor Cáceres, de verdad la trajo? ¿Eso significa que hoy podremos admirarla en la galería Jasmine?

Emiliano seguía sonriendo, más relajado que nunca. Se notaba que estaba de buen humor.

Normalmente, era conocido por su carácter complicado y por evitar hablar con desconocidos. Pero hoy parecía otro, como si estuviera disfrutando cada momento.

—Si podrán verla en la inauguración de hoy o no, eso depende de la dueña de Jasmine —dijo, lanzando la pelota del lado de Marisa—. Al final de cuentas, yo ya hice un intercambio de obras y le regalé la pintura de Alan a ella.

—¿Intercambio de obras? Entonces, señor Cáceres, ¿cuál fue la pintura que usted pidió a cambio?

Cualquiera que fuera, debía ser una obra digna de estar al lado de un paisaje de Alan.

Emiliano levantó sus cejas blancas con cierto orgullo.

—Por supuesto que fue una pintura hecha por la propia dueña de Jasmine.

De pronto, todos los ojos se posaron en Marisa.

No soportaba trabajar con jefes así.

Marisa entendía el estado de ánimo de Fabián. Hoy era un día importante, había mucha gente y el evento necesitaba salir perfecto. Era lógico que él estuviera tenso.

—Perdón, señor Barrera. Estaba atendiendo al invitado de honor para el corte de listón y no vi tus llamadas. Ya estoy en la sala de invitados con él, listos para la inauguración. Todo sigue según lo planeado.

—¿El invitado de honor? ¿Ya está en la sala de invitados? ¿Es algún famoso de esos que arrastran multitudes?

Fabián recordaba el alboroto de hace rato, el gentío que casi no dejaba ni pasar. Seguro se trataba de alguna celebridad de moda.

No era el método más profesional, pero había funcionado.

A Fabián no le gustaba ese tipo de estrategias. Le parecían un atajo, una forma de hacer trampa.

Marisa, iluminada por la luz del sol que entraba por la ventana, sonrió con calma:

—Por supuesto que no es ningún famoso de moda. Es Emiliano, el señor Cáceres.

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