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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 877

Bajo la luz de la luna, Sabrina lucía deslumbrante. Tenía ese encanto especial de una mujer madura, elegante y sin inseguridades.

—Ahora tengo que aceptar que ese maldito acuerdo que firmamos es la cosa más absurda y ridícula del mundo. Soy un hombre hecho y derecho, no debería usar tonterías como esa para esconder mi miedo al compromiso. Lo siento muchísimo. Quiero anular ese acuerdo, ¿me dejas?

Afuera del club.

Marisa miró el auto deportivo que acababa de detenerse frente a ellos.

Del vehículo bajó un hombre de piel curtida por el sol, que parecía ser un lugareño.

El hombre le entregó las llaves del auto a Rubén con suma reverencia y le dijo en un español masticado:

—Señor Olmo, perdón por la espera.

Rubén tomó las llaves sin inmutarse. En lugar de subirse al asiento del conductor de inmediato, abrió la puerta del copiloto y esperó a que Marisa entrara.

Mientras se acomodaba, Marisa le soltó en tono de broma:

—Vaya, sí que tienes contactos por todos lados.

Al escuchar eso, Rubén alcanzó a ver salir del club a un oficial de policía que conocía. Una extraña punzada de nervios lo asaltó.

Tras disimularlo rápidamente, se subió al auto.

El deportivo aceleró a fondo por las calles desiertas. La fuerza del motor hundió a Marisa en el asiento, haciéndola tragar saliva mientras soltaba un grito emocionado.

A Rubén ese grito le resultó insoportablemente familiar.

¿No era el mismo gritito que había dado cuando estaba tocando los abdominales de aquel modelo?

La imagen del rostro del modelo con la piel llena de marcas y para nada apuesto se le cruzó por la mente, y no pudo evitar murmurar con desdén:

—De verdad te conformas con cualquier cosa.

Marisa lo miró, confundida.

—¿Qué estás murmurando tú solo?

—Nada —respondió Rubén de inmediato.

El deportivo voló por las calles hasta llegar al hotel.

—Marisa, creo que algo se está moviendo por allá...

No señaló hacia dónde, por supuesto, y Marisa estaba demasiado aterrada como para levantar la vista.

Ni siquiera se atrevió a mirar a través de sus dedos.

Apretó la mejilla con fuerza contra el brazo de Rubén, murmurando sin parar:

—El que la hace la paga, por favor, no vengan por mí. Yo soy buena. Si buscan a alguien, llévense al malo. El que está a mi lado es un hombre terrible, abandonó a su esposa y a su hijo...

Rubén la escuchaba entre divertido y atónito. Al oír esa última parte, no pudo contenerse y tuvo que interrumpirla.

—A ver, si dices que abandoné a mi esposa, te lo dejo pasar. Pero, ¿qué es eso del hijo? ¿Me explicas?

Marisa seguía sin levantar la cabeza; su voz sonaba ahogada contra su brazo.

—Tengo que hacer que suenes como el peor monstruo del mundo para que esa cosa se vaya por ti y me deje en paz.

Rubén soltó una carcajada llena de resignación. En medio de la oscuridad, ni él mismo se dio cuenta de la enorme ternura que irradiaba su rostro.

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