Apenas Sabrina terminó de quejarse, sus ojos se posaron en el auto deportivo estacionado a un lado de la calle.
Y dentro del auto estaban nada menos que Claudio y Rubén.
Ambas mujeres se acercaron al vehículo. Sabrina miró a los ocupantes con suspicacia.
—¿Tanto rato y todavía no se han ido?
Casi parecía que sabían que iba a haber una redada.
Sabrina entrecerró los ojos y barrió a Claudio con la mirada.
Claudio esquivó sus ojos de inmediato.
Tardó un buen rato antes de dirigirse a Rubén:
—Bájate.
Rubén frunció el ceño, mirándolo sin entender.
Claudio miró disimuladamente hacia el asiento trasero y bajó la voz:
—Hermano, es un deportivo, solo cabe un pasajero.
Con el rostro ensombrecido, Rubén salió del auto.
Al final, Marisa y Rubén se quedaron de pie en la acera, viendo cómo el deportivo aceleraba y desaparecía a lo lejos.
En el auto, Sabrina miró a Claudio por el retrovisor y le soltó:
—Hay que tener cara. Deberías haberte bajado tú, y Marisa y yo nos hubiéramos ido solas.
—¿Acaso tienes licencia de conducir de aquí? —replicó Claudio, dejándola sin argumentos de golpe.
Ni ella ni Marisa la tenían; solo contaban con las licencias de su país.
Claudio se aclaró la garganta, no queriendo sonar tan rudo, y suavizó el tono.
—Desde que se divorciaron, han tenido muy poco contacto. Creo que darles un espacio a solas para hablar no es mala idea.
No es que estuviera promoviendo una reconciliación forzada, simplemente sentía que había cosas que, si no se aclaraban, seguirían doliendo.
Era como el polvo en el suelo; si nadie lo barre, se queda ahí para siempre.
Sabrina aceptó el argumento, pero lo que no pensaba pasar por alto era el numerito que Claudio le había montado esa noche.
—Sabrina, tengo que decirte algo —dijo con una seriedad que llegó a asustarla.
—¿Pasó algo malo? No pongas esa cara, me estás asustando en serio.
Apenas pronunció esas palabras, Claudio le tomó la mano y la hizo bajar del auto.
La brisa marina, aunque aún tibia, traía consigo una frescura que resultaba bastante reconfortante.
Claudio sostuvo la mano de Sabrina con fuerza. Con la mirada fija en la tranquilidad del océano, comenzó a hablar despacio.
—Para un hombre orgulloso, admitir que se equivocó es una de las cosas más difíciles del mundo. Por eso te pido perdón si ahora mismo no me atrevo ni a mirarte a los ojos.
Sabrina frunció más el ceño.
—¿Qué quieres decir? Claudio, no me digas que me pusiste los cuernos. ¿Crees que si me lo confiesas antes del compromiso te lo voy a perdonar?
Claudio negó rotundamente con la cabeza.
—Cuando propuse firmar ese ridículo acuerdo de libertad, lo hice por el pánico que le tengo al matrimonio, no porque sea un infiel.
Hizo una pausa y, finalmente, reunió el valor para mirarla a los ojos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló
Mas capítulos 🥲🙏...
Mas capítulos plis 🫠...
👋🫰...
Más capítulos 🤗...
Más capítulos plis 🙏...
Está buena la trama 🫰...
Mas capítulos plis 🙏...
Me encanta esta aplicación 😊 muchas gracias por subir la novela 😊...