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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 892

José estaba de pie junto a la puerta de la habitación, con los ojos enrojecidos.

Estaba demasiado preocupado, pero sabía que no podía permitirse mostrar esa vulnerabilidad. Después de todo, era un hombre y, sobre todo, un simple subordinado de Rubén Olmo.

Rubén, con una debilidad evidente, le hizo un ligero gesto con el dedo para que entrara.

Solo entonces José se atrevió a dar un paso hacia el interior. Se aclaró la garganta, aterrado de que su voz quebrada lo delatara.

—Señor Olmo, ¿me buscaba?

Rubén aún estaba sumamente frágil. Movió sus pálidos labios con esfuerzo.

—Sí... ¿Ya te comunicaste con mis padres?

José asintió con vehemencia.

—Ya hablé con la pareja Olmo. Les informé de inmediato que usted había despertado.

Una leve sonrisa asomó en el rostro de Rubén. Tener a José a su lado significaba que las cosas siempre estarían bajo control, sin que él tuviera que preocuparse de más.

—Bien. Debes estar agotado, ve a descansar.

José apretó los labios, conteniendo sus emociones al máximo. Asintió en voz baja y se dio la vuelta, caminando a paso lento hacia la salida.

La puerta de la habitación se cerró suavemente, pero, apenas un instante después, fue abierta de golpe.

Cuando Rubén levantó la mirada, vio a José parado en el umbral, con el rostro desencajado por el pánico, como si acabara de recordar una catástrofe inminente.

El cansancio de Rubén era innegable y no estaba para sobresaltos. Soltó un suspiro de resignación.

—No me digas que en lugar de darles buenas noticias a mis padres, les dijiste que me morí.

José sacudió la cabeza con frustración.

—No, no es eso...

Rubén no lograba imaginar qué error podría haber cometido su asistente que superara la gravedad de eso.

José hizo una mueca, titubeando antes de soltar las palabras.

—Señor Olmo, hay algo que... no sé si debería informarle...

Rubén conocía perfectamente a José. Si fuera un asunto trivial, no estaría dudando de esa forma. Si actuaba así, era porque se trataba de una noticia que Rubén definitivamente no querría escuchar, pero que José estaba obligado a darle.

Rubén entrecerró los ojos. En su mirada oscura brilló una mezcla de confusión y alarma.

—¿Qué te dijo?

—La señorita Páez dijo... que iba a recorrer todos los hoteles de Zúrich hasta encontrarlo.

Era más que obvio que esas palabras eran una amenaza directa.

Y las únicas personas que ceden ante una amenaza así, son aquellas a las que les importa quien la pronuncia.

En ese momento, la respiración de Rubén se agitó y su ceño se frunció en una expresión de pura angustia. Era evidente que él era esa persona a la que Marisa le importaba más que nada.

José fue testigo de la desesperación de su jefe, pero también de su fría racionalidad.

Rubén le exigió el teléfono de inmediato. Llamó a Claudio Cano para confirmar si Marisa de verdad había tomado un vuelo hacia Zúrich.

Cuando corroboró la información, la tensión en su rostro se multiplicó. Clavó la mirada en su asistente.

—¿Cómo está el clima hoy en Zúrich?

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