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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 893

—Lluvia ligera pasando a moderada. Hay brisa y la temperatura ronda entre los diez y doce grados.

El pecho de Rubén subía y bajaba con agitación mientras murmuraba para sí mismo:

—Salió con tanta prisa de la isla que estoy seguro de que no empacó ropa de abrigo.

Con el ceño fruncido y los ojos inyectados de angustia, levantó la mirada.

—¡Llámala ahora mismo!

José no se atrevió a dudar ni un segundo. Marcó rápidamente el número de Marisa y, en el instante en que contestaron, activó el altavoz para que Rubén pudiera escuchar cada palabra con claridad.

—Señorita Páez, ¿dónde se encuentra en este momento?

El sonido de la lluvia al otro lado de la línea era ensordecedor. Era evidente que Marisa estaba parada a la intemperie, bajo el aguacero.

—Cerca del Río Limmat. Estoy a punto de entrar a este Hotel Marriott para ver si Rubén está aquí.

El semblante de Rubén se oscureció. Con un gesto de la mirada, le indicó a José que le pasara el teléfono.

José lo acercó con cuidado, y Rubén habló con voz pausada:

—Entra al Hotel Marriott y refúgiate de la lluvia. Enviaré a alguien a recogerte de inmediato.

—Rubén, ¿y a dónde se supone que me van a llevar tus hombres? —preguntó Marisa sin rodeos—. Lo siento, pero para cuando tu gente llegue, yo ya no estaré aquí.

La lluvia pareció arreciar, haciendo que la voz de Marisa sonara frágil, pero cargada de una determinación inquebrantable.

—Rubén, ya se lo advertí a José. Voy a caminar por toda la ribera del río y buscaré en cada maldito hotel de Zúrich hasta dar contigo.

Su obstinación atravesó la línea telefónica, impactando de lleno en el pecho de Rubén.

Él entendió el mensaje a la perfección: a menos que él mismo fuera a buscarla, ella seguiría caminando bajo la tormenta.

Rubén frunció el ceño. Tomó una respiración profunda antes de hablar, esforzándose para que su tono sonara tan firme como de costumbre.

—¡Señor Olmo, su condición actual no le permite abandonar la Clínica Santa Regina por ningún motivo!

Rubén apretó los labios, formando una línea dura e implacable.

—Cada vez que intentes detenerme, tendré que gastar más energía para apartarte.

José dio un paso atrás por instinto, pero las súplicas no se detuvieron.

—¡Señor Olmo, no puede jugar así con su vida! Si quiere encontrar a la señorita Páez, enviaremos a todos nuestros hombres. Zúrich no es tan grande, ¡la encontraremos!

Una sonrisa amarga y agotada se dibujó en los labios de Rubén.

—Tú no conoces a Marisa. Yo sí. Lo que me dijo significa que, a menos que yo vaya personalmente, seguirá caminando bajo esa lluvia hasta que se desmaye en la calle...

Rubén hizo una pausa, respirando con dificultad. Decir esas pocas palabras ya lo había dejado exhausto.

—José, búscame un traje decente y asegúrate de que haya un auto esperando en la puerta del hospital.

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