Rogelio no insistió más y se ofreció a llevar la lujosa bolsa de compra.
Él pensó que acompañaría a Marisa durante varias horas más, pero ella apenas dio una vuelta corta antes de pedir que la llevara de vuelta a la Clínica Santa Regina.
Rogelio pareció afligido.
—Señorita Páez, todas las compras que hizo para usted no valen ni una fracción del reloj que le compró al doctor Olmo. ¿No le gustaría mirar algo más?
Marisa lo miró con paciencia. Entendía su preocupación; si volvía con las manos casi vacías, probablemente el señor Olmo lo reprendería por no haberla atendido bien.
Al fin y al cabo, eran órdenes directas del jefe.
Para no meterlo en problemas, entró en otra tienda de diseñador, eligió rápidamente un par de accesorios y, una vez satisfecha de que era suficiente para las apariencias, dio por terminada la excursión.
Así, Rogelio tendría cómo justificarse.
Durante el trayecto de regreso, Rogelio pudo percibir el aura que emanaba Marisa. No era una mujer altiva ni arrogante.
Animado por su sencillez, el conductor se sinceró:
—En la familia Olmo siempre se ha rumoreado que usted es una persona maravillosa. Hoy, tras conocerla, me doy cuenta de que no eran exageraciones para quedar bien, sino la pura verdad.
Marisa contemplaba el paisaje a través de la ventanilla, deleitándose con las hermosas flores de las calles, y sintió que su estado de ánimo mejoraba.
—Tal vez estás acostumbrado a tratar con gente que vive rodeada de privilegios y tiene el ego por las nubes. Por eso te parece que alguien común y corriente como yo es maravillosa. Pero en el fondo, soy de lo más normal.
Rogelio soltó una carcajada.
—Señorita Páez, también hay mucha gente mala entre la gente normal. Usted de verdad tiene un corazón de oro y, además, es increíblemente humilde. Es digna de admiración.
Marisa tomó sus palabras como una simple cortesía y no les dio más vueltas.
Justo en ese momento, el vehículo se detuvo frente a la entrada principal de la clínica.
—Baje usted primero, iré a estacionar —le indicó el conductor.
Marisa abrió la puerta y pisó la acera. Alzó la vista hacia la ventana de la habitación de Rubén. El crepúsculo bañaba los cristales, y los últimos destellos del atardecer los teñían de un suave resplandor ámbar.
Apartó la mirada, pasó por el control de seguridad de la entrada y se dirigió directamente a los ascensores.
Marcó el piso de Rubén, tarareando una melodía ligera mientras sostenía con cuidado la elegante bolsa.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló
Mas capítulos 🥲🙏...
Mas capítulos plis 🫠...
👋🫰...
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Más capítulos plis 🙏...
Está buena la trama 🫰...
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Me encanta esta aplicación 😊 muchas gracias por subir la novela 😊...