Las velas llevaban cuarenta minutos ardiendo cuando Elena entendió que la cera goteaba más rápido que su paciencia.
Las había encendido a las ocho. Eran las ocho y cuarenta. El risotto seguía tibio bajo la tapa, el vino respiraba en la copa de Julián desde hacía media hora, y el vestido azul —ese vestido, el que él le había regalado en el primer aniversario, cuando todavía la miraba al hablarle— empezaba a sentirse como un disfraz.
Acomodó por tercera vez el tenedor que ya estaba perfecto.
Tres años. Tres años exactos desde que firmó un papel en una capilla y creyó, con todo su cuerpo, que firmaba el comienzo de algo.
La puerta principal cedió a las nueve menos cinco.
—No me esperes despierta mañana —dijo Julián antes de cruzar el umbral del comedor, sin levantar los ojos del teléfono—. Salgo temprano.
—Llegas justo a tiempo —respondió Elena, y se obligó a sonreír—. La mesa está lista.
Él se detuvo. Recorrió el comedor con una sola mirada: el mantel que ella había planchado, las dos copas, las velas, el vestido. Algo se movió en su frente, un cálculo veloz, la búsqueda de un dato que no encontraba.
—¿Esperabas a alguien?
—Te esperaba a ti.
—¿Hay motivo?
Elena sintió cada una de las palabras alojarse en algún lugar bajo las costillas. Hay motivo. Llevaba mil noventa y cinco días siendo su esposa y él preguntaba si había motivo.
—Quince de octubre —dijo ella, muy despacio, como quien le enseña a leer a un niño—. ¿Te dice algo?
Julián dejó el teléfono boca abajo sobre el aparador. Por un instante, Elena creyó que iba a recordarlo. Que la máscara de hombre ocupado se quebraría y aparecería el otro, el que una vez le sostuvo la cara entre las manos en una viña al atardecer.
—Es miércoles —dijo él—. Tengo una reunión importante por la mañana.
—Es nuestro aniversario, Julián.
Lo vio procesarlo. Lo vio, y eso fue lo peor: ver el momento exacto en que la información encajaba y, aun encajando, no encendía nada. Ni culpa, ni ternura. Apenas la incomodidad de quien descubre que dejó una factura sin pagar.
—Elena. —se aflojó la corbata con dos dedos—. No teníamos nada agendado.
—No, claro. —ella se levantó, alisó la servilleta que nunca había tocado—. Los aniversarios no se agendan. Se recuerdan. Es distinto.
—Tuve un día complicado.
—Siempre tienes un día complicado. —lo dijo como quien lee un balance—. ¿Quieres cenar? Hice risotto. El que te gustaba.
—Gustaba. —él lo notó. Por supuesto que lo notó; Julián Vancroft notaba cada cifra fuera de lugar en un contrato de cuarenta páginas—. Comí en la oficina.
—Ah.
Una sola sílaba bastó.
El membrete impreso en relieve apareció: Costa & Asociados. Abogados.
Elena conocía ese nombre. Adrián. El mejor amigo de Julián, el que reía fuerte en las cenas y la llamaba cuñada con un guiño. Asuntos legales. Nada que te concierna.
Las manos no le temblaron. Esa fue la parte extraña, la que recordaría después: que no le temblaron las manos cuando levantó la solapa y desplegó el documento, y que la casa entera se quedó en silencio mientras leía la única línea que necesitaba leer.
Solicitud de disolución de matrimonio.
Arriba, el agua de la ducha empezó a correr. Julián tarareaba, desafinando, una canción cualquiera, con la tranquilidad de quién cree haber resuelto un problema firmando un papel.
Elena leyó la fecha de la solicitud. Hoy. La había firmado hoy, el día de su aniversario, mientras ella planchaba un mantel.
No lloró. Se sorprendió de no llorar. Dobló el documento por la misma raya que él había marcado, lo devolvió al bolsillo del saco con cuidado como si recolocara una pieza en un tablero, y se quedó muy quieta, escuchando ese tarareo feliz dos pisos más arriba.
Él creía que ese papel lo dejaba libre.
Lo que Julián Vancroft no sabía —lo que iba a tardar exactamente veinticuatro horas en descubrir, sentado y pálido frente a su abogado— era que acababa de firmar su propia condena. Y que la única persona en el mundo capaz de salvarlo o de hundirlo, terminaba de leer su nombre al pie de la página.
Elena apagó la luz del comedor.
Que cantara mientras pudiera.

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