Giselle saludó amablemente a los cientos de fans que se agolpaban en el exterior, sin poder entrar, y ordenó a su equipo que les repartieran propinas y un latte caliente a cada uno.
Tras atender a la prensa con una sonrisa deslumbrante, se encaminó hacia el interior del hotel.
Diez minutos más tarde, el vehículo de Fabio se detuvo en la alfombra roja.
Apenas se asomó, la multitud estalló en gritos y las cámaras enloquecieron.
Fabio frunció el ceño y su semblante se ensombreció aún más.
No esperaba que Giselle hubiera organizado un espectáculo mediático de semejante magnitud en Jalapa.
Cuando le preguntó los detalles al mánager de Gigi, este jamás le mencionó nada al respecto.
Pero no tardó en atar cabos.
Todo había sido un capricho planificado por Giselle.
Después de todo, su representante jamás se atrevería a ocultarle información sin una orden directa.
Era evidente que ella estaba forzándolo a hacer pública su relación de una vez por todas.
Giselle nunca expresaba esas intenciones de forma directa, pero era experta en tejer esta clase de trampas mediáticas.
Fabio no era estúpido, sabía muy bien cómo operaba su amante.
Pero siempre se lo perdonaba por el enorme sentimiento de culpa que le guardaba.
Después de todo, Gigi había estado a su lado durante años, incondicionalmente, priorizando siempre el bienestar de él sobre el suyo propio.
Incluso ahora, estando embarazada, se había mantenido al margen de cualquier escándalo, velando por la reputación de Fabio.
Era por eso que Fabio decidía hacerse la vista gorda ante sus pequeñas artimañas.
Le pasaba por alto casi todo.
Pero eso no significaba que no estuviera al tanto.
Reprimiendo su molestia, bajó del auto con una elegancia implacable.
Los paparazzi lo rodearon al instante. Giselle, quien ya estaba avisada de su llegada, lo esperaba sonriente en la entrada principal.
—Fabio, viniste —lo recibió Gigi, mirándolo con adoración.
A paso firme y seguro, se acercó a él frente a todas las cámaras.
Él respondió posando su mano en la cintura de ella con absoluta naturalidad.
Lo miró a los ojos, como si no existiera nadie más en el mundo, y le dijo suavemente: —Fabio, entremos. Todos nos están esperando.
Sus palabras estaban cargadas de doble sentido, dejando muy en claro a la prensa que su vínculo iba mucho más allá de lo laboral.
Fabio no la rechazó; le dio su lugar frente a las cámaras.
Ambos caminaron juntos hacia el salón principal.
A esa misma hora, Vanesa llegó al hospital, donde el doctor ya la estaba esperando.
A través del cristal de la UCI, pudo ver a Vicente tendido en la cama. Estaba inconsciente, conectado a un sinfín de tubos y monitores que emitían ruidos constantes.
Era la primera vez en años que Vanesa lograba ver a su hermano en persona.
Toda la angustia que había estado reprimiendo se desbordó de golpe.
Un nudo le apretó la garganta y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
Aquel muchacho que solía ser la alegría en persona ahora yacía postrado en una cama, pálido y marchito.
No podía imaginar lo desesperado que debía sentirse Vicente atrapado en ese estado.
Sin embargo, se limpió rápidamente las lágrimas y caminó a paso firme hacia la entrada de la UCI.

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