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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 120

Una enfermera la detuvo en la puerta: —No puede pasar, señora. El paciente no está en condiciones de recibir visitas.

Vanesa no insistió ni armó un escándalo. A través del cristal, se quedó contemplando a Vicente. Su corazón se encogía de dolor y una aplastante sensación de impotencia la invadió.

La enfermera pareció percibir su sufrimiento y no le reprochó nada.

—Gracias —murmuró Vanesa con cortesía.

Se apartó de la ventana y se dirigió a buscar al médico tratante de su hermano.

Al consultarle sobre el estado de Vicente, el doctor le dio un diagnóstico muy similar a lo que Fabio le había dicho.

Con el ceño fruncido, Vanesa se quedó pensativa unos instantes antes de preguntar: —¿Cuándo podré entrar a verlo?

—En cuanto su estado se estabilice —respondió el médico con el habitual tono profesional.

—¿Y más o menos cuánto tardará en estabilizarse? —insistió ella.

—Por el momento, no puedo darle un pronóstico exacto —se excusó el doctor, manteniendo su postura formal.

Vanesa asintió, comprendiendo que no sacaría nada más en claro.

Después de todo, sabía perfectamente que las visitas a Vicente no dependían del criterio médico, sino de los caprichos de Fabio.

De momento, le bastaba con haber comprobado con sus propios ojos que su hermano seguía con vida. Eso le quitó un enorme peso de encima.

Ahora solo le quedaba esperar noticias sobre la visa que Dante estaba tramitando.

Tenía la plena certeza de que lograría sacar a Vicente de Jalapa para siempre.

De repente, su teléfono vibró en el bolso. Era una llamada de Sofía Zamora.

Vanesa cayó en la cuenta de que, al haberse desviado al hospital, Sofía debía de estar preocupada esperándola.

Contestó de inmediato.

—¡Vane! ¿Dónde estás? ¿Te pasó algo malo? —preguntó Sofía, con la voz cargada de nerviosismo.

—Tranquila, no pasa nada. Tuve que pasar un momento por el hospital, pero ya voy para allá —la tranquilizó Vanesa.

—¿Al hospital? ¿A qué fuiste? —indagó Sofía, aún intranquila.

—Vine a ver a Vicente —respondió con total franqueza.

Sofía se quedó boquiabierta y guardó silencio un par de segundos: —¿Fabio te dio permiso?

Unos minutos después, Vanesa cruzó la salida del recinto hospitalario.

—Señorita Arias —La interceptó de pronto un hombre vestido con uniforme militar, ostentando el rango de coronel.

Vanesa se detuvo, sorprendida: —¿Quién es usted?

—Mi nombre es Said Yáñez, soy el secretario del Coronel Urbina. Al Coronel le gustaría robarle unos minutos de su tiempo —se presentó el hombre con absoluta formalidad.

Al escuchar el nombre, Vanesa comprendió de inmediato de quién se trataba.

Zacarías Urbina era un militar de alto rango y, además, el abuelo de Dante Salazar.

Por lo tanto, no vio razón para negarse: —De acuerdo, por favor guíeme.

—Acompáñeme —indicó Said con el mismo tono respetuoso.

Al notar la interacción, el guardaespaldas de Vanesa se acercó rápidamente: —Señora, ¿ocurre algún problema?

—Todo está en orden, espérame aquí. Si el Señor Serrano te pregunta, dile que fui a conversar con el Coronel Urbina —le ordenó Vanesa con voz firme.

El guardaespaldas no era tonto; sabía perfectamente quién era Zacarías Urbina. Asintió y retrocedió sin poner objeciones.

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