El bebé, que acababa de tranquilizarse, comenzó a dar de patadas nuevamente.
La mano de Vanesa voló de inmediato hacia su vientre en un acto reflejo.
Siempre que el bebé se agitaba, el simple contacto de su mano lograba calmarlo.
Era la conexión irrompible entre madre e hijo.
Fabio la observaba fijamente con la mirada oscurecida, sin pronunciar palabra.
«¡Ay!», exclamó Vanesa de repente, frunciendo el ceño por el dolor.
La expresión en los ojos de Fabio cambió por completo.
Lo notó.
Era el pequeño en su interior, pateándola con fuerza.
Vanesa llevaba puesto un camisón suelto. Cuando Fabio la arrastró, la tela se levantó, dejando su barriga al descubierto.
Estaba tan delgada que su piel se veía increíblemente frágil.
Durante sus consultas prenatales, el doctor le había dicho en tono de broma que era «piel finita y un bebé bastante grande».
Ahora que el bebé estaba más grande, sus patadas no eran precisamente suaves.
Fabio incluso pudo ver con claridad la huella de un diminuto pie empujando contra la piel desde adentro.
Era justo en el lugar que Vanesa acariciaba con delicadeza.
Pero cuanto más la acariciaba, más entusiasta se volvía el bebé.
Vanesa le hablaba con una ternura infinita: «Tranquilo, mi amor, mami está aquí, pórtate bien».
Consolaba a su pequeño sin importarle en lo más mínimo que Fabio estuviera presente.
Era un contraste total con la actitud arisca que le mostraba a él.
Incluso, al intentar calmar al bebé, las comisuras de sus labios se curvaron en una dulce sonrisa.
No hacía falta mirarla a los ojos para saber lo desbordante de ternura que estaba su mirada en ese instante.
Ese era el instinto maternal en su estado más puro.
Y ese bebé que crecía en su vientre, era hijo de Fabio.
La mirada del hombre se volvió aún más profunda, un destello de emociones indescifrables cruzó por sus ojos.
Como si sus palabras escaparan a su control, sus finos labios se abrieron: «¿Este travieso te patea tan fuerte?».
De repente, Vanesa se tensó de pies a cabeza: «¿Qué haces, Fabio?».
La gran mano de él se había posado repentinamente sobre su vientre.
Guiada por el instinto, Vanesa intentó apartar la mano del hombre.
Pero en el instante en que sus dedos rozaron los de él, Fabio atrapó su mano, envolviéndola por completo con la suya.
Vanesa se quedó congelada.
Se quedó sin saber qué hacer y, como si fuera una autómata, bajó la mirada hacia las manos de ambos, ahora entrelazadas.
Los largos y fuertes dedos de Fabio se deslizaron entre los finos de ella, atrapándola en un suave pero firme agarre.
La mano de Vanesa quedó abajo, presionada contra su piel, pero resguardada por la mano cálida y protectora de él.
En un parpadeo, la atmósfera entre los dos se cargó de una intimidad abrumadora.
«Suéltame», exigió Vanesa apenas su cerebro reaccionó, resistiéndose por puro instinto.
Intentó empujarlo, pero él solo estrechó su agarre.
El pánico se apoderó de ella.

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