Sin embargo, Fabio la sorprendió. No hizo ningún movimiento brusco, se limitó a mantener su mano pegada al vientre de Vanesa.
Su voz, grave y serena, rompió el silencio: «Es mi hijo, ¿por qué no habría de tocarlo?».
Esa sola frase dejó a Vanesa sin palabras.
Fabio no intentó propasarse, simplemente se quedó ahí, sintiendo los movimientos de la vida que crecía bajo la piel de su esposa, con las manos de ambos unidas.
Pero Vanesa seguía nerviosa.
Cada vez que ella se ponía ansiosa, su cuerpo se tensaba como una cuerda a punto de romperse.
Con esa innegable conexión entre ambos, el bebé detectó de inmediato la alteración emocional de su madre.
Y entonces, empezó a moverse otra vez.
Comenzó a patear el estómago de Vanesa con una fuerza aún mayor.
Ella apretó los dientes, soltando un leve quejido de dolor, mientras una fina capa de sudor frío le cubría la frente.
«Pórtate bien», le ordenó Fabio repentinamente, en un tono severo pero en voz baja.
Vanesa se estremeció, asumiendo que el regaño era para ella.
Después de todo, ya estaba más que acostumbrada a los constantes reclamos de Fabio.
Pero lo que el hombre dijo a continuación la dejó estupefacta, enmudeciéndola de pura sorpresa y dejándola sin saber cómo reaccionar.
«No molestes a tu madre, o verás cómo te ajusto las cuentas en cuanto nazcas», le advirtió Fabio al bebé que pateaba desde adentro.
Aquel hombre que siempre lucía un semblante frío y despiadado, de pronto parecía envolverse en una ternura casi irreal al pronunciar esas palabras.
Vanesa lo miraba maravillada, como si estuviera frente a un extraño.
La voz de Fabio volvió a resonar junto a ella: «Apenas tienes unos meses de vida y ya estás haciendo tanto escándalo. Cuando salgas vas a ser un pequeño diablillo, ¿verdad?».
Increíblemente, con cada palabra que él decía, el bebé parecía calmarse un poco más.
Era como si la voz de su padre lo hubiera intimidado.
A diferencia de lo juguetón que se ponía con Vanesa, con él se quedó completamente inmóvil.
Vanesa seguía sin decir ni una sola palabra.
Su cuerpo aún estaba rígido por la tensión.
No estaba acostumbrada a ver esa faceta de él. Mucho menos le resultaba familiar esa imagen de ellos dos pareciendo una pareja normal de padres, llenos de amor e ilusión por la llegada de su bebé.
Ella sabía mejor que nadie que, para Fabio, este bebé no era más que una pieza en su juego de poder.
Al igual que ella.
Pero, en el fondo, Vanesa también era consciente de que esto era lo que siempre había anhelado en lo más recóndito de su ser.
Mucho antes de que su relación se desmoronara hasta llegar a este punto, había soñado con esto infinidad de veces...
Soñaba que estaba embarazada, con Fabio arrodillado frente a ella, hablándole a su vientre y jugando con el bebé.


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