Pero, justo antes de tocarla, su mano se detuvo en el aire.
Fabio maldijo por lo bajo. Acababa de descubrir en sí mismo un impulso absurdo, una emoción que no debería sentir por ella.
Patético. Absolutamente imposible.
Rápidamente, Fabio recuperó la compostura y su mirada volvió a ser la de un hombre de hielo.
Aquella fugaz muestra de vulnerabilidad quedó sepultada en lo más profundo de su ser.
Sin embargo, debido a la proximidad en la que se encontraba, un leve roce con Vanesa fue inevitable.
Casi como un acto reflejo, en el instante en que Fabio la tocó, ella comenzó a forcejear violentamente en su letargo.
«No... no me toques...» Cada palabra que pronunciaba rezumaba un rechazo visceral hacia él.
Ni siquiera abrió los ojos, pero en medio de su pesadilla, su rostro se desfiguró en una expresión de pánico absoluto.
«Fabio Serrano... te odio...», siguió balbuceando Vanesa en la inconsciencia.
Esas palabras hicieron que la mirada de Fabio se oscureciera de golpe.
Apretó los puños con tal fuerza que sus nudillos crujieron. De pronto, el aire dentro del dormitorio principal se volvió asfixiante.
Quizás fue esa misma energía amenazante de Fabio, o tal vez que estaba demasiado cerca.
Vanesa pareció percibir el peligro. Abrió los ojos de golpe, alerta a su entorno.
Al encontrarse con el rostro de Fabio a escasos centímetros, su instinto de supervivencia se activó al máximo.
Sin pensarlo dos veces, retrocedió a rastras sobre el colchón hasta pegar la espalda contra la cabecera.
Buscaba alejarse de él lo máximo posible.
«¿Qué quieres de mí, Fabio?», le espetó con el cuerpo tenso como la cuerda de un arco, su voz destilando pura repulsión.
Esa actitud rebelde de Vanesa le revolvía el estómago a Fabio.
«¿Que qué quiero?», le devolvió la pregunta en un tono siniestro.
Vanesa apretó los labios.
Sabía por amarga experiencia que, frente a Fabio, cualquier cosa que dijera sería usada en su contra.
Guardar silencio era su único escudo.
«Vanesa, eres mi esposa. Todo lo que te haga está perfectamente justificado y dentro de mi derecho», sentenció Fabio con frialdad.
Al terminar de hablar, su mano ya había apresado la muñeca de la mujer como una tenaza.
Ese simple movimiento fue suficiente para revivir en la mente de ella todos los recuerdos de maltratos anteriores.
El terror brilló en los ojos de Vanesa.

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