La voz de Fabio estaba cargada de una presión aplastante cuando le rugió en la cara.
—Vanesa, eres repugnante. Me das asco —escupió.
Vanesa no tenía voz para responderle, pero por dentro rio con amargura. ¿Asco? Por mucho asco que le diera, ese hombre se había acostado con ella durante siete años. Jamás imaginó que llegaría el día en que terminarían odiándose hasta los huesos.
—¿La apuñalas y todavía tienes el descaro de echarle la culpa? ¡La única que merece morir aquí eres tú, ¿lo entiendes?! —La voz de Fabio se volvía más tenebrosa a cada segundo.
Sus ojos estaban inyectados en sangre, consumidos por una ira destructiva, y cada palabra que le arrojaba era una cuchillada.
—¡Dime! ¿Quién demonios se clavaría un cuchillo a sí misma? ¿Acaso no sabes que ella le tiene pánico al dolor?
—¡Ni siquiera podría hacerse un rasguño sin llorar, y tú quieres que crea que se apuñaló el vientre!
—Además, ¿no te entra en la cabeza que ese bebé era lo más importante en su vida? Era su tesoro más grande.
—¡Jamás entenderás todo lo que ella sacrificó, todo lo que tuvo que hacer para tener a ese hijo!
—¿Crees que, después de todo eso, iba a asesinar a su propio bebé?
Fabio le disparaba las acusaciones una tras otra, dejando que la furia acumulada ardiera en su máximo esplendor. Si no fuera por el microscópico rastro de cordura que le quedaba, Vanesa ya estaría muerta.
Ella permaneció apoyada contra la pared, jadeando, sin molestarse en contradecirlo. Sus ojos opacos se posaron sobre él, vacíos de cualquier emoción o esperanza.
A Fabio no le importó. Esa apatía solo multiplicó su repulsión. Soltó una risa desdeñosa y dio un paso atrás, como si estuviera frente a una infección contagiosa de la que no quería estar cerca.
—Escúchame bien, Vanesa: en cuanto ella esté fuera de peligro, me encargaré personalmente de destruirte a ti y a ese engendro que llevas dentro.
—¡Responde, Vanesa!
Los periodistas se abalanzaban sobre ella mientras los guardaespaldas intentaban abrir paso, pero la barrera humana era insuperable. Si no hubiera sido por el cerco policial, la habrían pisoteado. Era un caos total. Por más que Vanesa agachara la cabeza, los destellos de las cámaras la cegaban. Al final, se rindió. Dejó que la acribillaran con los flashes.
En cuestión de minutos, el titular rompió el internet:
*«¡Tragedia en la alta sociedad de Jalapa! ¡La esposa y la amante manchan de sangre el hospital!»*
La noticia se disparó al puesto número uno de tendencias. En segundos, acumuló cientos de miles de comentarios, en su mayoría de los devotos fans de La Diva Rivas, quien poseía millones de seguidores. El odio masivo exigía a gritos la muerte de Vanesa.
La opinión pública se había decantado: Giselle era la mártir absoluta. La historia clandestina entre Giselle y Fabio se estaba glorificando como el amor más trágico y verdadero, mientras que cualquier compasión que la red hubiera sentido por Vanesa se había esfumado por completo.
Al ver el linchamiento público, Sofía Zamora y Dante Salazar intentaron contactarla desesperadamente.

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