La ambulancia que trasladaba a Vanesa había volcado en el trayecto.
Ninguno de los ocupantes sobrevivió.
Incluida Vanesa.
Para cuando los equipos de rescate lograron enderezar el vehículo, tanto la unidad como los cuerpos en su interior estaban irreconocibles.
Una violenta explosión había borrado cualquier rastro humano.
El cuerpo de Vanesa no fue la excepción.
Cuando Fabio tuvo los restos frente a él, era imposible saber a simple vista de quién se trataba.
Lo único que confirmaba su identidad era el brazalete de identificación de reclusa que aún colgaba de lo que quedaba de su muñeca.
—¡¿Por qué pasó esto?! —rugió Fabio, exigiendo respuestas a las autoridades presentes.
Nadie se atrevió a contestar.
Nadie entendía cómo había ocurrido una tragedia de tal magnitud.
La prisión de mujeres estaba ubicada en una isla de Jalapa. Para llegar al hospital de la ciudad, era obligatorio cruzar el Viaducto del Mar y transitar por la Carretera Costera.
Las condiciones de las vías eran óptimas.
Pero el accidente ocurrió justo en la Carretera Costera, tomando a todos por sorpresa.
Y con la explosión, encontrar la causa exacta del siniestro se volvió una tarea imposible.
Al fin y al cabo, no había testigos vivos.
Fabio se quedó plantado allí, con los ojos inyectados en sangre y todos los músculos del cuerpo en tensión.
En el fondo, había imaginado miles de veces cómo sería su reencuentro con Vanesa.
Pero jamás imaginó que sería así.
A su alrededor, el silencio era sepulcral; nadie se atrevía siquiera a respirar muy fuerte.
Incluso los paparazzi mantuvieron su distancia, sin atreverse a lanzar ni una sola pregunta.
Después de una eternidad, Fabio rompió el silencio:
—Exijo una prueba de ADN. ¡Y quiero saber exactamente por qué tuvo esa hemorragia!
Era una orden absoluta, no una petición.

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