No era que Giselle no hubiera intentado tocar el tema, ni que le faltaran ganas de seducir a Fabio.
Pero todos sus esfuerzos chocaban contra un muro de hielo.
Además, Giselle guardaba un oscuro secreto: cuando fingió su aborto tiempo atrás, su útero quedó severamente dañado.
Sus posibilidades de quedar embarazada de forma natural eran nulas.
Desesperada por asegurar su futuro, contactó a espaldas de Fabio a una clínica de fertilidad clandestina.
Tenía pavor de que él se negara.
Incluso la muestra de esperma de Fabio la había conseguido mediante sobornos y engaños de sus visitas médicas anteriores.
Al principio, Giselle exigió usar sus propios óvulos para el vientre de alquiler.
Pero después de múltiples intentos fallidos in vitro, su cuerpo no dio más de sí.
Al final, sin otra salida, tuvo que comprar los óvulos de una donante anónima.
Solo así el embarazo en la madre sustituta llegó a término.
Por supuesto, Giselle jamás iba a confesar esto.
Si Fabio se enteraba, la echaría a patadas.
Ella necesitaba a este niño como un seguro de vida para afianzar su lugar en la familia Serrano.
Así que juró llevarse el secreto de la identidad genética a la tumba.
Con que la prueba de paternidad confirmara que el niño era hijo de Fabio, bastaría.
Aunque odiaba la idea de criar al hijo de otra mujer, era su última carta bajo la manga.
Pronto, la clínica le entregaría al bebé.
Al pensar en su inminente "maternidad", Giselle se relajó un poco.
Medio año después de haberse casado, Fabio recibió la inesperada noticia.
Giselle había regresado con un bebé en brazos.
Era un niño de apenas un mes de nacido.
Pero a simple vista, el bebé lucía bastante enfermizo y frágil.
Ya con el hecho consumado, Fabio se enfureció, pero no podía simplemente botar a la criatura a la calle.
Los papeles de paternidad estaban ahí, frente a sus narices.
Ese niño llevaba la sangre de los Serrano.
Por su parte, Graciela Galván no cabía en sí de la felicidad.
Con toda la tragedia reciente, Graciela vivía aterrada de que su hijo decidiera no tener herederos nunca más.
Poco le importaba cómo había llegado el niño al mundo.
Lo importante era que ya tenía un nieto.

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