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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 51

Fabio Serrano miró el teléfono al cortarse la llamada, con el rostro inexpresivo.

Contrastaba marcadamente con la actitud tierna que había mostrado momentos antes.

Vanesa Arias sabía que esa furia iba dirigida a ella.

Ya se había calmado del caos anterior, se soltó con fuerza y retrocedió hasta una distancia segura.

Su mirada se clavó fijamente en Fabio.

—Fabio Serrano, si tanto piensas en Giselle Rivas, ¿por qué viniste a buscarme? —le cuestionó Vanesa.

Luego dejó escapar una risa muy leve. No sabía si se burlaba de sí misma o de él.

—¿Todo por tu orgullo? ¿Porque aún no terminamos el trámite de divorcio y hay otro hombre ayudándome a salir del apuro? ¿Sientes que tu ego ha sido lastimado? —A pesar de sus palabras, Vanesa mantenía una calma pasmosa.

Fabio no respondió.

Pero su disgusto se palpaba en cada silencio.

Quería saber hasta dónde era capaz de llegar Vanesa.

La escuchó reír, un sonido muy suave, pero desprovisto de cualquier emoción.

—Ya te lo dije, no me importan esas acciones y tampoco las usaré para amenazarte. Déjame en paz, ¿no es mejor que nos divorciemos de una vez? —Al final, su tono denotaba una profunda impotencia.

Esas palabras no apaciguaron a Fabio, sino que lo enfurecieron aún más.

Con el rostro ensombrecido, siguió avanzando hacia ella.

Vanesa retrocedió.

La escena de hace unos instantes todavía la tenía aterrorizada.

Pero esta vez, Fabio no parecía tener intenciones de levantarle la mano.

Simplemente la miró de forma lúgubre y dictaminó con dureza:

—Vanesa, tú no tienes derecho a mencionar la palabra divorcio.

—¿Acaso Giselle no está embarazada? ¿Planeas darle a ella y a su bebé el lugar que merecen? —preguntó Vanesa con una frialdad absoluta.

Estaban muy cerca.

Sin embargo, Fabio ya no podía encontrar en ella esa mirada de amor ciego que solía dedicarle.

La Vanesa de ahora estaba tan fría que apenas parecía humana; lo miraba como si fuera un objeto insignificante.

No solo de la situación, sino de emociones inexplicables que lo confundían y lo hacían perder los estribos.

Sin pensarlo más, se dio la vuelta dispuesto a irse.

En el instante en que Fabio giró, la mano de Vanesa de pronto agarró su muñeca.

Era la primera vez en todo este tiempo que ella tomaba la iniciativa.

Fabio se detuvo de inmediato.

La tensión acumulada se relajó un poco; pensó que Vanesa por fin había entrado en razón.

Creyó que aquella mujer que lo veía como el centro de su universo había vuelto.

—Suéltame —ordenó, aunque su tono seguía siendo cruel e implacable.

Vanesa no lo soltó. Lo miró en silencio.

Ante esa mirada, él volvió a fruncir el ceño.

Porque en los ojos de Vanesa no había sumisión ni compromiso, sino una altivez desafiante.

—¿No dijiste que somos marido y mujer? Siendo así, ¿por qué te vas? ¿Solo porque Giselle te llamó? —lo confrontó Vanesa de manera agresiva y directa.

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