Hablaba con calma, pero el sarcasmo en sus ojos era cada vez más evidente: —Llevamos siete años de matrimonio y, durante siete años, Giselle ha usado el mismo truco para alejarte de mi lado. Fabio, ya que todavía soy la señora Serrano, tengo todo el derecho de impedir que ella destruya mi matrimonio, ¿no crees?
Fabio se quedó callado un instante, mirándola fijamente.
Ante esa mirada, Vanesa no pudo descifrar sus intenciones.
No sabía si era por los siete años de relación o por algún otro motivo.
Por un fugaz segundo, llegó a pensar que él sentía algo de culpa hacia ella.
Después de todo, nadie regala siete años de su vida así como así.
Pero, al final, cada acto de crueldad de Fabio había sido suficiente para dejarle cicatrices imborrables.
Él apartó la mano de Vanesa con un tirón violento.
Ella trastabilló y cayó al suelo.
Desde arriba, Fabio la miró con una sonrisa gélida: —Vanesa, ¿eres tan arrastrada que te encanta compararte con Giselle? ¿De verdad crees que estás a su altura? ¡Te lo diré claro, no le llegas ni a la suela de los zapatos!
Siguió mirándola con superioridad.
Con la caída, el vientre de Vanesa, que ya le dolía, comenzó a sufrir de retortijones punzantes.
Era un dolor tan opresivo que le cortaba la respiración.
Pero Fabio no tuvo piedad.
Cuando Vanesa intentó apoyarse para levantarse, el pie de él pisó con fuerza su mano.
El dolor le caló hasta los huesos y las lágrimas brotaron de inmediato.
En sus oídos resonaron las palabras aún más cortantes de Fabio.
—Vanesa, que no vuelva a escuchar esto por segunda vez. Si sigues así, solo haré que termines más humillada. ¿Entendiste? —le gruñó.
Sin decir más, ni siquiera se molestó en mirarla; se dio la media vuelta y caminó hacia la salida del departamento.
La puerta se cerró con un estruendo ensordecedor.
Vanesa estaba empapada en sudor frío.
Se dio cuenta de que estaba sangrando abundantemente por su zona íntima.
—No... mi bebé, no... mami te va a salvar, no... no dejes a mami —murmuró aterrorizada.



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