Fabio caminó directo hacia su lugar reservado.
Ya no estaba el Maybach de siempre, sino un espacioso Bentley de último modelo.
—Como no te gustaba el Maybach, lo cambié —soltó él sin dar mayores explicaciones.
Vanesa no dijo nada.
Él le abrió la puerta para que subiera.
En el preciso instante en que ella intentó acomodarse en el asiento, un espasmo brutal le retorció el estómago.
Como todavía tenía los brazos aferrados al cuello de Fabio, el tirón involuntario que dio por el dolor lo jaló hacia ella, metiéndolo de lleno en el asiento trasero.
—Mmh... —gimió Vanesa, con los ojos muy abiertos.
Antes de que pudiera reaccionar, los labios de Fabio ya estaban devorando los suyos.
Quizás fue un impulso salvaje, o quizás solo estaba buscando una excusa, pero a pesar de saber que era una locura dadas las circunstancias, la mirada de Fabio se oscureció de deseo.
—Esta vez, la iniciativa fue tuya, ¿no? —susurró él contra su boca.
Vanesa ni siquiera tuvo oportunidad de defenderse.
Fabio la besó con una intensidad asfixiante, acorralándola contra el cuero del asiento.
Curiosamente, bajo el influjo sofocante de aquel beso, el latigazo de dolor en su estómago pareció adormecerse.
Era un beso cargado de una ternura oscura, algo que Vanesa jamás había experimentado viniendo de él. Era como si esa caricia ruda removiera las cenizas de un rincón prohibido de su corazón.
El instinto de supervivencia le gritaba que se alejara.
Pero cualquier intento de forcejeo fue anulado de inmediato.
Los dedos largos y firmes de Fabio se entrelazaron con los de ella, inmovilizándole las manos contra la tapicería.
Y con ese simple movimiento, el beso se volvió más voraz, más demandante.
Perdidos en aquella neblina de deseo y control, ninguno de los dos se dio cuenta de que Giselle Rivas acababa de bajar de su camioneta y caminaba a paso firme hacia el Bentley.
Lo primero que vio Giselle al acercarse fue a Vanesa y Fabio enredados en el asiento trasero, devorándose a besos.
La sangre abandonó el rostro de Giselle, dejándola blanca como el papel.
—¡Fabio! ¡¿Qué demonios están haciendo?! —El grito fue un alarido de furia, a pesar de sus intentos por mantener la compostura.
El hechizo se rompió. Vanesa reaccionó al instante al escuchar la voz estridente de Giselle.

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