Al entrar a la estación de policía, Vanesa vio a Paz Jiménez.
La niña estaba sentada abrazando una bolsa de papas fritas, riéndose a carcajadas mientras veía dibujos animados en una pantalla.
No parecía para nada una niña asustada que se había perdido.
Era evidente que los oficiales la habían consentido mucho.
Al ver esa escena, Vanesa soltó una risita mezcla de alivio y enojo.
—¡Paz Jiménez! —la llamó Vanesa usando su nombre completo.
Al escucharla, Paz sacó la lengua traviesa y caminó obedientemente hacia ella.
Un oficial se acercó de inmediato.
Le explicó a Vanesa, a grandes rasgos, cómo habían encontrado a la niña.
—La pequeña tomó un vuelo ella sola desde Hong Kong. Al parecer, durante el embarque, señaló a un hombre que iba adelante y dijo que era su padre, así que la dejaron pasar. Al llegar a Jalapa, caminó un rato fuera del aeropuerto, se perdió y ella misma nos llamó. El primer contacto de emergencia en su celular era usted, por eso nos comunicamos enseguida.
El propio oficial seguía sin creer que algo tan descabellado hubiera pasado.
Vanesa se moría de la vergüenza.
—Perdón, de verdad, lo lamento muchísimo...
Paz ya le había agarrado la mano:
—Vane, no te enojes. Solo me desorienté un poquito. Además, mira, supe buscar al oficial para pedirle ayuda.
Vanesa le lanzó una mirada fulminante.
La niña cerró la boca al instante.
Cuando Fabio entró, se topó con esa escena.
Miró a Paz y luego a Vanesa, y de pronto sintió que se parecían muchísimo.
¿Sería por ese parecido que Vanesa se llevaba tan bien con ella?
Sin saber por qué, a Fabio le vino a la mente la hija que había perdido.
Vanesa se la había llevado consigo.
La antigua Vanesa también había querido llamar Paz a su bebé.
Esos pensamientos lo sumieron en un profundo mutismo.


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