Sin embargo, Fabio no se apresuró a levantarse; se quedó en cuclillas, mirando a Paz.
—¿Puedo llamarte Paz? —le preguntó.
—¡Claro que sí! —Paz sonrió, mostrando los dientes.
El hombre le agradaba, aunque no sabía explicar el porqué.
Por eso decidió simplemente dejarse llevar.
—Paz, si a Julián le dices por su nombre, ¿por qué a mí me llamas 'señor'? —indagó Fabio de repente.
Vanesa sintió un nudo en el estómago.
Frunció el ceño, desconcertada por la pregunta de Fabio.
Antes de que pudiera reaccionar, la dulce voz de Paz resonó:
—¡Porque te ves muchísimo más viejo que él!
Fabio se quedó tieso.
Vanesa, al escucharla, no aguantó la risa.
Aunque rápidamente se dio cuenta de que no estaba bien reírse, así que trató de disimular.
El esfuerzo por aguantar la carcajada terminó transformándose en una serie de toses falsas.
Parecía que se estaba ahogando.
Fabio, con cara de póker, se puso de pie:
—Bien, vámonos a casa.
Paz soltó un 'Oh'.
Lo miró con un poco de cautela:
—Pero si dije que estabas viejo, ¿igual me vas a comprar los juguetes?
—Te los compraré —confirmó él sin rodeos.
Esta vez, Paz estaba rebosante de felicidad.
Fabio condujo de vuelta a su mansión con Vanesa y la niña.
Durante el trayecto, Fabio llamó por teléfono a su mayordomo.
Le pidió que preparara ropa de niña.
Y le dio el peso y la estatura exacta de Paz.
Además, frente a la propia niña, empezó a encargar un montón de juguetes en línea.
Todos elegidos por ella.
Vanesa observaba todo en silencio. Tenía ganas de detenerlo, pero por alguna razón inexplicable, las palabras no salían de su boca.
A Paz no le faltaban juguetes en absoluto.
Pero ver la forma en que Paz y Fabio se llevaban tan naturalmente le impedía intervenir.
Más que nadie, Vanesa sabía que eran padre e hija.

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