La mirada de Vanesa era férrea; no había ni rastro de duda en ella.
Se cruzó de brazos, aguardando la respuesta de Fabio con una actitud casi displicente, sin presionarlo.
Él la observó detenidamente sin responder de inmediato.
—Esa es mi oferta, Señor Serrano —añadió ella, encogiéndose de hombros—. Ah, y una cosa más: exijo que su esposa convoque una rueda de prensa y ofrezca una disculpa pública.
Esta vez, sus palabras hicieron que Fabio diera un paso hacia ella, acortando la distancia.
Vanesa no retrocedió ni apartó la mirada.
Fabio inclinó la cabeza ligeramente. Su mano, de nudillos pronunciados, rozó la piel de la mejilla de Vanesa en una caricia lenta, antes de apartarle un mechón de cabello y acomodarlo detrás de su oreja.
—Vanesa... ¿lo estás haciendo a propósito? —Su voz no sonaba enfadada, sino peligrosamente calmada.
Vanesa alzó una ceja, fingiendo inocencia.
—¿A propósito? Yo diría que es una compensación justa. Nada es gratis en esta vida; creí que un hombre de negocios como usted lo tenía clarísimo.
Soltó una risa cargada de ironía y continuó:
—Además, escúcheme bien. Paz es mi límite absoluto. Lo que haga esa mujer con su vida me tiene sin cuidado, pero si toca a mi niña, se acaba el juego.
Fabio la escrutó en silencio, sopesando cada una de sus palabras.
Vanesa no se detuvo ahí.
—Pero no se preocupe, Señor Serrano. Soy una profesional y sé separar lo personal de los negocios. No voy a usar esto para sabotear su carrera. Hay acuerdos que deben mantenerse y sé perfectamente qué es lo correcto.
Al terminar, dio un paso atrás, restableciendo la distancia formal entre ambos.
Ese tono sarcástico, esa manera elegante de llamarlo miserable, no pasó desapercibida para Fabio.
Sonrió con amargura, mientras sus ojos oscuros se clavaban en ella como dagas.
—¿Me estás llamando mezquino, Vanesa? —preguntó de forma directa.
—¿Disculpe? —fingió no entender.
Fabio dio un paso al frente.

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