Vanesa captó el mensaje a la perfección.
Estaban en Jalapa, y allí las reglas las dictaba Fabio Serrano.
Incluso si la familia Jiménez decidiera intervenir, su poder radicaba en Monterrey; jugar de visitantes en Jalapa no garantizaba una victoria fácil.
Además, un conflicto abierto significaría problemas para ella.
Vanesa detestaba causarle inconvenientes a Julián Jiménez. Con la delicada condición de Paz, no estaba dispuesta a correr ni el más mínimo riesgo.
Poco a poco, su respiración se calmó.
Lo miró a los ojos y, con una sonrisa mordaz, soltó:
—Vaya, parece que el Señor Serrano realmente daría la vida por su esposa. Supongo que los rumores son ciertos: su amor de tantos años es irrompible.
Lanzó la provocación sabiendo exactamente lo que buscaba.
Quería escuchar su respuesta.
Pero Fabio no le dio el gusto. El silencio entre ambos se volvió pesado, cargado de electricidad.
—Lo pensaré. También necesito discutirlo con Isabel —respondió Vanesa finalmente, manteniendo las formas con elegancia.
—De acuerdo. Esperaré noticias de la Directora Arias —asintió Fabio, recuperando su tono glacial.
Ella hizo un ligero movimiento de cabeza a modo de despedida.
Esta vez, él se apartó y la dejó pasar.
Cuando Vanesa regresó a la sala, Paz ya había terminado con todas las revisiones médicas.
Al verla entrar, la niña estiró el cuellito, buscando a alguien detrás de ella.
—¿Fabio no volvió contigo? —preguntó la pequeña con curiosidad.
Vanesa sonrió y le pellizcó suavemente la nariz.
—¿Tanto te gusta que esté aquí?
—Es que me dio unos dulces muy ricos, quería preguntarle de qué marca son —se excusó Paz con un puchero.
Era una mentira infantil tan transparente que Vanesa no pudo evitar reírse.
—Qué lista me saliste. Giselle Rivas casi te mata del susto y tú todavía quieres ser amiga de su marido.
—Tú siempre dices que hay que separar a las personas de sus actos, ¿no? Además, no fue él quien me lastimó —argumentó la niña, con una lógica aplastante.

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