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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 667

Al escuchar los gritos agudos de la niña, Fabio y Julián se detuvieron en seco.

Como si les hubieran arrojado agua helada, ambos titanes soltaron los puños de inmediato.

Julián se limpió la comisura de los labios, esquivó los muebles rotos y corrió hacia Paz.

La levantó en brazos, apretándola contra su pecho. —Ya pasó, mi amor, ya nadie se está peleando. Perdóname... por favor, no llores más.

Trató de calmarla con desesperación, acariciándole el cabello con manos temblorosas.

Pero los sollozos de la niña eran incontrolables; estaba aterrorizada.

Ver a dos hombres despedazándose a golpes fue una imagen demasiado fuerte para ella.

Había crecido rodeada del amor y los lujos de la familia Jiménez, ajena a cualquier tipo de violencia o crueldad.

Todo ese caos de cristales, sangre y gritos la había dejado al borde de un colapso.

Vanesa, con el rostro pálido, se acercó a toda prisa.

—Paz, mi cielo, mírame. Ya todo terminó, nadie va a lastimar a nadie —la consoló Vanesa, besándole las mejillas empapadas en lágrimas.

La pequeña hundió el rostro en el hombro de Julián y su llanto se fue apagando lentamente.

Aunque los hipos nerviosos no cesaban.

Julián le daba suaves palmaditas en la espalda, meciéndola para transmitirle seguridad.

Fabio se ajustó el cuello de la camisa deshecha y dio un paso hacia la niña.

De la nada, el guardaespaldas de Julián emergió y se interpuso en su camino, bloqueándole el paso.

—Señor Serrano, mantenga su distancia —le advirtió el hombre de traje oscuro, con un tono educado pero firme—. Este es un asunto interno de la familia Jiménez. Le sugiero que no intervenga.

La expresión de Fabio se endureció, sus ojos brillando con frialdad.

Sin embargo, no retrocedió ni un milímetro; simplemente se quedó ahí, firme como una roca.

Como Fabio no hizo ningún amago de avanzar, el guardaespaldas mantuvo su posición defensiva sin atacarlo.

A fin de cuentas, estaban en un hotel donde Fabio tenía poder; no podían prohibirle estar en esa suite si él no quería irse.

Cuando por fin Paz dejó de llorar, Vanesa soltó un largo suspiro de alivio.

—¿Vamos al cuarto a descansar, mi princesa? —le susurró con dulzura.

La niña asintió despacito, tallándose los ojos.

Pero, antes de irse, clavó sus enormes ojitos en la figura distante de Fabio.

Al notar su mirada, Fabio se agachó para quedar a la altura de la pequeña y forzó una sonrisa cálida. —Ya no llores, princesita. Te prometo que en estos días te llevo a Disneyland, ¿qué dices?

Respetó la distancia, pero sus palabras estaban cargadas de una ternura genuina y paciente.

Era extraño; sabía perfectamente que esa niña, en teoría, no llevaba su sangre.

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