Con solo un vistazo, Vanesa supo que esos comentarios provenían del club de fans de Giselle, que se negaban a aceptar la realidad.
Los leyó sin inmutarse y no respondió a las agresiones.
En lugar de eso, tomó una foto de la vista nocturna de la Bahía Victoria desde la ventana del dormitorio principal y la subió a su cuenta de Twitter.
No escribió una sola palabra, solo añadió la ubicación.
Luego, tiró el teléfono a un lado con desdén.
Sabía perfectamente que aquello era una provocación.
Y su objetivo no era otro que Giselle.
Le estaba restregando en la cara exactamente dónde estaba.
Era como gritarle al mundo que le había arrebatado lo que más valoraba.
Como si los papeles se hubieran invertido.
Para destruir a alguien, la muerte era un castigo demasiado rápido y piadoso.
El verdadero sufrimiento consistía en ahogarla día tras día en la incertidumbre y el pánico.
Eso era exactamente lo que ella misma había soportado en el pasado.
La publicación de Vanesa fue interpretada como una respuesta desafiante a los chismes de la prensa.
En segundos, los comentarios en su perfil se multiplicaron.
Pero a ella no le importó leer ni uno solo.
Al escuchar un ruido en la sala, supo que Fabio había regresado.
Él abrió la puerta y le dirigió una mirada tranquila.
—Ven a comer.
—No puedo caminar —respondió ella de inmediato, sin pensarlo.
—Sal de ahí. Si comes en la habitación, todo olerá a comida —le dijo él, intentando convencerla con paciencia.
—No quiero moverme.
Estaba decidida a complicarle la vida.
La mirada de Fabio se clavó en ella, serena pero firme.
Vanesa no apartó los ojos.
Se desafiaron en silencio.
Era evidente que él ya había visto el escándalo en redes y la publicación en su Twitter.
Y no era ningún idiota; sabía exactamente lo que ella pretendía.
Pero no hizo nada para detenerla.
Al ver que no se movía, Fabio caminó hacia la cama.
Vanesa frunció el ceño.


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