—Mi exesposa fue trasladada del Centro Penitenciario de Jalapa, tuvo un accidente automovilístico y el auto terminó destruido junto con ella. Nadie, absolutamente nadie sabe los detalles de ese accidente. ¿Por qué tú lo sabes con tanta claridad?
»Además, todos los incidentes que ocurrieron en el hospital con la hija que tuve con mi exesposa... ¿Por qué también los conoces? Probablemente ni siquiera mi exesposa supo todo eso.
»Incluso has desenterrado cosas que Giselle hizo y que ni yo mismo conocía a fondo. Has expuesto todo su oscuro pasado.
Fabio pareció perder la paciencia y puso las cartas sobre la mesa, dejando todo en manos de Vanesa.
—Vanesa, en mi memoria, la única persona que sentía un odio tan profundo hacia Giselle, era mi exesposa.
Al terminar de hablar, su mirada no titubeó ni por un segundo.
Vanesa lo escuchó todo. Su corazón galopaba en su pecho y las palmas de sus manos estaban sudorosas, pero por fuera mantenía una calma aterradora.
—Qué coincidencia, mi exesposa también se llamaba Vanesa, y tiene un ligero parecido contigo —continuó él tras una breve pausa.
—¿Y entonces? ¿El señor Serrano cree que soy su exesposa muerta? —preguntó Vanesa con total frialdad—. ¿Acaso los muertos reviven? ¿O será que no me investigó bien?
Sus palabras hicieron que Fabio se quedara en silencio un instante, para luego soltar una ligera carcajada.
—Vanesa, tu historial es demasiado limpio, ¿lo sabías? —dijo lentamente.
Ella frunció el ceño.
—¿Ser intachable ahora es un delito?
—Cuando algo es demasiado limpio, es porque algo anda mal. Nadie es tan perfecto como para no tener ni un solo rumor o tropiezo en su vida —sentenció Fabio, remarcando cada palabra.
Vanesa no dijo nada, simplemente escuchaba.
A él no le importó.
—Vanesa, ¿quieres que siga hablando?

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