Estefanía no escuchó al médico ni a sus inútiles intentos por hacerla serenarse.
Azotó la puerta del consultorio al salir y caminó a ciegas hacia el ascensor, con la vista empañada por lágrimas de pura rabia.
Justo ahora, solo quería ver a una persona.
Poco sabía Estefanía que Cristian había sido informado de cada uno de sus movimientos desde el preciso instante en que ella puso un pie en la clínica esa mañana. Él supo exactamente qué era lo que ella había ido a buscar y, aunque intentó mover sus influencias para interceptar el expediente a tiempo, no logró evitar que la verdad terminara en sus manos.
Ahora el hombre acababa de llegar a la clínica, sin la menor intención de esconderse.
Estaba esperándola en el vestíbulo, dispuesto a dar la cara y afrontar de frente las consecuencias de sus actos y todo lo que ella decidiera hacer a partir de ese instante.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Estefanía dio un paso al frente, pero se frenó en seco.
En medio del pasillo, su mirada se encontró con la de Cristian.
El hombre lucía exactamente igual que siempre: imperturbable. Envuelto en un traje a medida, con el rostro desprovisto de cualquier emoción y esa belleza suya que resultaba exasperante.
Un metro ochenta y dos de pura arrogancia, una maldición hecha hombre, de la que ella parecía estar destinada a no poder escapar jamás.
Cristian acortó la distancia primero. Sus pasos firmes y poderosos resonaron sobre el impecable piso de granito, marcando un ritmo pausado e inevitable que le erizó la piel.
Tragó saliva mientras alzaba la mirada para enfrentarlo, dejando al descubierto una expresión cargada de pura impotencia y traición.
Antes de que lograra pronunciar una sola frase, tan siquiera un poquito de todo lo que tenía atorado en el pecho, él se adelantó:
—Hablemos.
Era una invitación bastante calmada, como si hubiera forma de tener una conversación civilizada después de descubrir que le había arrebatado el control sobre su propio cuerpo, reemplazando su anticonceptivo por un engaño para forzarla a concebir un hijo, sin importarle sus deseos, sus planes ni su voluntad, tratándola como un mero objeto.
—Cristian… —no pudo evitar que sus dientes rechinaran al pronunciar su nombre.
Esto era más de lo que se sentía capaz de soportar: un atropello total a su dignidad, a su autonomía y a la delgada frontera de paz que había intentado construir tras el divorcio.
—Busquemos un sitio donde podamos hablar con tranquilidad —propuso él con una serenidad tan exasperante, como si no fuera capaz de ver el problema real. O peor aún, como si lo viera y no le importara.
—¿Hablar? —escupió la palabra con absoluto desprecio—. ¿Qué demonios hay que hablar, Cristian? ¡¿Acaso hablaste conmigo cuando decidiste hacerme esto?!

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