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El juguete del abogado romance Capítulo 160

Lo primero que pensó al terminar de leer aquello fue que había un error. Debía haber un error.

Estefanía revisó la portada del sobre para verificar los datos de la ficha y asegurarse de que el nombre fuera el suyo.

Efectivamente era su nombre. Aun así, se puso de pie y regresó a la recepción con el sobre en la mano, aferrándose a la ridícula esperanza de que se hubieran equivocado.

Preguntó si los archivos suministrados realmente le pertenecían, pero la respuesta de la recepcionista solo confirmó lo inevitable: la ficha coincidía paso a paso con cada examen, consulta y tratamiento que se había realizado en esa clínica a lo largo de los años.

Para este punto solo le quedaba un paso.

—¿El ginecólogo se encuentra en consulta en este momento? —preguntó, inclinándose levemente en el mostrador.

La recepcionista tecleó un par de segundos en su pantalla antes de levantar la vista con una sonrisa amable.

—Sí, está en su consultorio en el segundo piso, el 204. Acaba de terminar con un paciente, así que puede subir a hablar con él.

—Gracias.

Arrugando el sobre ligeramente entre sus manos temblorosas, Estefanía subió al ascensor, intentando serenarse.

Su mente estaba revuelta en ese instante.

Recordó ese día. Ella había acudido para la renovación de su inyección trimestral. Tenía un registro de esa llamada en su teléfono.

«Vitamina C administrada según indicación del titular», volvió a leer.

¿Qué vitamina C?

Ella no pidió ninguna vitamina C.

Mientras más lo leía, más confundida se sentía.

Las puertas del ascensor se abrieron y entonces salió al pasillo del segundo piso, caminando como una autómata hacia el consultorio 204.

El doctor estaba terminando el registro del último paciente cuando la vio entrar. Sus ojos se abrieron con sorpresa.

—Señora Sterling... —saludó, acomodándose los lentes con cierta extrañeza—. Vaya, no la esperaba hoy. Su próxima cita de control prenatal no está programada hasta dentro de dos semanas. ¿Ocurre algo? ¿Se siente mal?

Estefanía avanzó un par de pasos hacia el escritorio, ignorando el uso de ese apellido que ya no le pertenecía.

—No me siento mal, doctor —dijo, dejando la hoja con el registro exacto sobre la mesa—. Solo necesito que me explique qué significa esto.

El ginecólogo bajó la mirada hacia el documento que ella acababa de desplegar frente a él, ajustándose de nuevo los lentes mientras fruncía el ceño al reconocerlo.

No respondió nada.

De hecho, duró con la mirada clavada en el papel durante casi un minuto entero.

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