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El juguete del abogado romance Capítulo 5

Cristian Sterling miró fijamente a su mejor amigo.

—Eres un imbécil —su puño se apretó sin ser consciente—. No necesitabas decirle nada a esa gente.

—Es lo mínimo que se merece —respondió Rodrigo, encogiéndose de hombros con indiferencia y caminando hacia el ventanal de la oficina—. Nos estafó.

—En todo caso es tu culpa —soltó entre dientes—. ¿Quién te pidió que contrataras a una prostituta?

—Me lo pidió esa actitud tuya —lo señaló con la barbilla—. Mírate. Parece que siempre estás al borde de un infarto. ¿Desde cuándo no tenías sexo? Agradéceme.

Su mandíbula se tensó.

—Mi vida sexual no es de tu incumbencia.

—Lo sé —suspiró con resignación—. Te juro que no vuelvo a meterme.

—Más te vale —advirtió con hastío. —¿Cuánto te costó? —Hizo el ademán de sacar su billetera y pagarle.

—¡Oye, te dije que fue un regalo!

—¿Entonces por qué quieres que regrese el dinero?

—Ya te dije que es lo mínimo que debe hacer por mentir.

—De igual forma nos acostamos.

—¡Relájate, Cristian! De esto me encargo yo.

¿Relajarse?

¿En serio?

Bufó.

Sin embargo, decidió desechar aquello de su mente; ya le había quitado demasiado tiempo.

[…]

—Señorita, ¿está segura de que no tiene ningún familiar que pueda venir a recogerla? —preguntó la enfermera, observándola con un gesto cargado de compasión.

Estefanía sonrió con debilidad, aunque sentía un dolor punzante en su labio roto.

—Tranquila, estaré bien.

—Pero si vuelve a desmayarse…

—No sucederá —aseguró, aunque aquello sin duda no se podía predecir.

Con el alta médica lista, salió a la calle para comprobar que ya era de noche.

Había pasado la mayor parte del día en el hospital. Todo gracias a que no había comido bien en los últimos días y eso, aunado al golpe que le dio Alexei, terminó dejándola inconsciente en una acera de la avenida.

Suspiró.

El viento frío de la noche la hizo estremecer.

Llevaba puesto un vestido sencillo y desgastado que le llegaba poco más arriba de las rodillas. Seguía sintiéndose débil a pesar del suero que le habían administrado.

Caminó sin rumbo fijo durante un rato.

Ya no tenía dinero y solo podía pensar en su hermano.

Las lágrimas que había contenido durante horas la asaltaron por fin, nublándole la vista.

¿Ahora qué haría?

¿Volvería a acostarse con un extraño?

Sumida en el infierno que era su mente, llegó a una intersección. Avanzó de forma mecánica, cruzando la calle sin molestarse en mirar a los lados.

De repente, unos neumáticos chirriaron.

Una camioneta se detuvo a escasos centímetros de sus piernas y el fuerte sonido del claxon la sacudió.

—¡Quítate del medio, idiota! —le gritó el conductor.

«No había intentado suicidarse. Ella no había intentado suicidarse», se repetía una y otra vez mientras que, con piernas temblorosas, llegaba al otro lado de la acera.

En el fondo sentía culpa en su corazón.

Quizás, por un segundo, había querido acabar con su existencia. Pero no podía. No podía dejar a su hermanito solo.

Sollozó tapándose la boca hasta que un automóvil negro que venía unos metros más atrás, y que había presenciado toda la escena, avanzó lentamente hasta detenerse justo frente a ella.

Estefanía parpadeó, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano, mientras la ventanilla del copiloto se deslizaba hacia abajo.

Sus ojos se abrieron desmesuradamente y sintió que el aire se le atascaba en los pulmones al ver al mismo hombre con el que se había acostado la noche anterior.

Sin duda, su mala suerte no le daba tregua.

Inmediatamente quiso huir.

Ya había devuelto el dinero.

¿Qué más querían de ella?

Se dio la vuelta y se apresuró a caminar más rápido.

Pero entonces escuchó la puerta del vehículo cerrándose.

Escuchó los pasos del hombre que la seguían.

De repente, una mano fuerte rodeó su brazo, haciéndola girarse en una maniobra feroz.

El recuerdo del maltrato de Alexei la hizo encogerse con temor.

«¡No me pegues!», por algún motivo quiso decirlo.

Pero, en su lugar, cerró los ojos con fuerza, sin siquiera atreverse a mirarlo.

Transcurrieron los segundos, uno a uno, mientras que el mundo a su alrededor seguía girando. Voces, autos… Todos actuaban como si nada pasara. Como si aquel sujeto no representara una amenaza.

Se animó entonces a abrir los ojos y se topó de lleno con el escrutinio insaciable de aquel hombre.

Su vista estaba fija en su boca. Pero no había deseo; su expresión era de odio.

—¿Quién te hizo eso? —preguntó, mirándola a los ojos.

Parpadeó, comprendiendo que se refería al golpe.

Seguramente tenía un moretón espantoso.

Capítulo 005 1

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