—¡Doctor! —gritó una enfermera, corriendo desde el puesto de control.
Cristian seguía en el pasillo, a punto de irse, cuando el alboroto le hizo girar el rostro.
Desde su posición, con el bebé apretado contra el pecho, observó cómo todo un equipo médico irrumpía en la habitación de Estefanía.
¡Maldita sea!
Todos sus pensamientos se desbocaron y ninguno iba hacia un rumbo bueno.
Todavía tenía pesadillas con aquel pitido.
El sonido de la muerte.
—Sonya, sostén al niño —ordenó a la mujer que lo esperaba en el pasillo, cargando la pañalera sobre el hombro derecho.
Sin mucha ceremonia se lo entregó, dando media vuelta para regresar corriendo a la habitación.
La escena que encontró le resultó demasiado familiar.
Doctores. Enfermeras... batas blancas y el mismo maldito cerco.
Cristian se abrió paso a empujones, exigiendo una explicación de lo que sucedía.
Un médico le sostenía los párpados a Estefanía, barriendo el haz de una linterna diminuta sobre sus ojos.
El impacto fue brutal cuando, luego de tres meses, volvió a observar ese verde infinito.
La mirada de su mujer estaba un poco perdida y esquiva, pero allí estaba, moviendo los ojos de un lado a otro, desorientada pero consciente.
¡Maldita sea, estaba consciente!
—¡Estefanía! —llamó, pero el médico lo detuvo con un gesto.
En lugar de permitirle acercarse, abrazarla y hacer todas las malditas cosas que llevaba tres meses tragándose, el doctor se limitó a preguntarle a su esposa:
—¿Me escucha? Parpadee una vez si me entiende...
Cristian vio cómo los párpados de Estefanía temblaban y bajaban en un leve y pesado movimiento.

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