Eulalia extendió la mano nuevamente para tocar a Gretel, pero esta vez, ella se apartó medio paso, evitando el contacto.
El consultorio quedó sumido en un silencio denso.
—Mamá, ese lugar fue asignado por el comité de acuerdo a mis calificaciones. No es algo que yo pueda simplemente regalar porque me lo piden —dijo Gretel, levantando la vista, intentando hacerla entrar en razón.
—¡Solo tienes que hablar con el comité y decirles que se te cruzaron los horarios y que te retiras por voluntad propia! Catalina quedó en segundo lugar. ¡Si tú renuncias, ella sube al escenario automáticamente!
Eulalia lo dijo como si fuera el trámite más insignificante del mundo, con un brillo de esperanza asomándose en sus ojos.
—Tu clínica ya tiene muchísimo prestigio, una conferencia más o menos no te va a afectar. Pero para Catalina es diferente. Acaba de regresar del extranjero y necesita desesperadamente esta exposición.
Gretel se le quedó mirando en silencio.
El silencio se alargó tanto que la sonrisa en el rostro de Eulalia se volvió forzada, y justo cuando estaba a punto de perder la poca paciencia que le quedaba, Gretel finalmente habló.
—No se lo voy a ceder.
El rostro de Eulalia se tensó y la molestia brotó en sus ojos.
Lejos de dar un paso atrás, Gretel continuó:
—Ese lugar también es sumamente importante para mí. Además, el proceso ya está en la fase de confirmación, es imposible cambiarlo a estas alturas.
Se puso de pie, su tono ahora distante y frío.
—Si Catalina quiere una oportunidad como esta, que busque en otro lado. O, en el peor de los casos, que vuelva a intentarlo el año que viene.
Eulalia se puso pálida del coraje. Sus labios temblaron, lista para soltar un reclamo, pero Gretel ya había caminado de vuelta hacia su escritorio.
—Mamá, tengo varias consultas programadas para esta tarde, así que no podré acompañarte a la puerta.
Llegados a ese punto, insistir sería una completa humillación.
Eulalia apretó la correa de su bolso, se puso de pie y se dirigió a la salida.
Justo cuando estaba a punto de cruzar el umbral, la voz de Gretel resonó a sus espaldas:
—Mamá, a mí no me gustan los mariscos. A la que le encantan es a Catalina.
La espalda de Eulalia se tensó como si le hubieran dado un golpe. Al segundo siguiente, los hombros le cayeron, como si hubiera envejecido de golpe, y salió caminando con pasos arrastrados.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Marido que no supo perder