—Hola, soy el Modelo GR-03. ¿En qué puedo ayudarle?
La voz era suave, con un ligero tono mecánico, pero para nada rígida.
Gretel Mendoza se sorprendió un poco y, llevada por la curiosidad, dio dos pasos hacia adelante.
—Puedes probarlo —dijo Rosendo Almenar. Estaba apoyado en la consola de control, con las manos en los bolsillos del pantalón, y le hizo un gesto alzando levemente la barbilla.
Gretel miró la pila de ropa de prueba que había junto a la consola, lo pensó un momento y ordenó:
—Dobla la ropa que está sobre la mesa.
Tras recibir la orden, el Modelo GR-03 se deslizó hasta el lugar, extendió sus brazos mecánicos y, con movimientos precisos, desdobló, dobló y apiló cada prenda de forma impecable.
No era excesivamente rápido, pero cada doblez quedaba perfectamente liso.
Gretel intentó un par de comandos más: barrer, limpiar la mesa, clasificar objetos.
El Modelo GR-03 completó todas las tareas con asombrosa soltura.
—¿El sistema de reconocimiento lo escribiste tú? —preguntó Gretel, volteando a verlo, al recordar algo.
—El algoritmo central, sí.
Gretel no preguntó más, pero de pronto sintió que había descubierto una nueva faceta de Rosendo.
Él siempre era así para todo: preciso, contenido y en busca de la perfección absoluta.
Retiró la mirada y dijo con sinceridad:
—Es increíble.
Rosendo no respondió de inmediato. Sus profundos ojos oscuros se clavaron en ella, y un destello de diversión pareció cruzar fugazmente por su mirada.
***
Cuando salieron del laboratorio, ya era casi la medianoche.
Mientras bajaban, apenas cruzaron palabra.
Las puertas del ascensor se abrieron y entraron uno detrás del otro.
Gretel presionó el botón de la planta baja. Una vez que las puertas se cerraron, habló con frialdad:
—Señor Almenar, sobre lo de hoy, no quisiera que...
Antes de que pudiera terminar la frase, las luces del ascensor parpadearon bruscamente. Luego, toda la cabina dio un fuerte sacudón y el ascensor se tambaleó con violencia.
Sus fríos dedos se aferraban con desesperación a la tela de su camisa, como quien se aferra a un salvavidas en medio del mar.
Rosendo jamás la había visto en ese estado. Frunció el ceño, sintiendo una extraña punzada en el corazón.
Gretel se encogió en sus brazos, buscando refugio y absorbiendo su calor. Solo entonces el pánico comenzó a disiparse lentamente.
Sabía que no debía acercarse a él.
Pero estaba demasiado oscuro... No podía soportarlo sola.
Sintiendo una profunda compasión, Rosendo levantó una mano para sostenerle la nuca y, con sus dedos largos, comenzó a acariciarle el cabello con suavidad y lentitud.
No hicieron falta más palabras, simplemente se quedaron abrazados.
Cuando la respiración de Gretel por fin se estabilizó, él se movió un poco y estiró el brazo para presionar el botón de emergencia del ascensor.
Pero a esa hora, no había nadie más en la empresa.
***
Cuando el departamento de mantenimiento logró abrir a la fuerza las puertas del ascensor, ya era la madrugada del día siguiente.
Estaban haciendo su ronda habitual de revisión cuando notaron la anomalía. Al forzar las puertas, la escena que encontraron los dejó atónitos: el hombre estaba sentado en el suelo, apoyado contra una esquina de la cabina, y en sus brazos descansaba una mujer, completamente arropada con su abrigo arrugado.

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