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El Marido que no supo perder romance Capítulo 230

Al abrirse la puerta, allí estaba Rosendo; en una mano sostenía un ramo de flores, y en la otra llevaba una jaula pequeña que contenía una preciosa bola de pelo blanco.

—¡Un conejito! —gritó Valentina, corriendo hacia él y pegándose a la jaula, con los ojos brillando como estrellas—. ¡¿Es de veldad?!

—Ya fue revisado por el veterinario, así que pueden quedárselo.

A pesar de decirlo, Rosendo seguía preocupado de que la mordiera. Mantuvo la jaula en su mano hasta que entró y se puso las pantuflas, para finalmente dejarla sobre la alfombra.

Gretel se asomó desde el estudio. Vio la jaula con el conejo de orejas caídas, tan blanco como la nieve, y a la pequeña saltando de emoción. Su mirada se enterneció.

—La estás consintiendo demasiado.

Rosendo se desabotonó las mangas y se las dobló, respondiendo con serenidad:

—A Valentina le encantan los conejitos. En este viaje vi uno que me pareció perfecto y lo traje.

Mientras hablaban, la pequeña ya había abierto la jaulita.

Estiró un dedo regordete para acariciarle las orejitas. El conejo solo movió su naricita, sin intentar huir.

—Es muy bueno, tío Sendo, ¿cómo se llama?

—¿Por qué no le pones nombre tú?

Valentina ladeó su cabecita un rato y después anunció con gran seriedad:

—Entonces vamos a llamal a Copito, ¿sí? ¡Es muy blanquito como un copito de nieve!

—Es un nombre precioso —dijo Rosendo, con una sonrisa en sus ojos oscuros.

Gretel, contagiada por el ambiente, se acercó a ver.

Valentina tomó la zanahoria que le dio Melisa y comenzó a darle de comer, mientras Rosendo le explicaba cómo acariciarlo sin que se asustara. Gretel, agachada junto a ellos, estiraba la mano de vez en cuando para jugar con Copito.

Al presenciar esta escena, los ojos de Melisa se achinaron al sonreír.

La imagen era tan cálida que parecían la familia perfecta.

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