Gretel pensaba que su corazón ya no sentía dolor, pero al escuchar aquellas palabras, sus dedos se contrajeron por reflejo.
En ese preciso momento, Rosendo, vestido con una camisa negra de seda, se acercó a paso firme.
Sin mirar a Eulalia, se sentó al lado de Gretel con total naturalidad, y su cálida y gran mano cubrió el puño ligeramente cerrado de ella.
Los dedos del hombre, largos y firmes, aplicaron una presión que no admitía resistencia, obligando a su mano a abrirse lentamente.
Luego, entrelazó sus dedos con los de ella.
Gretel frunció el ceño, pero no levantó la mirada para verlo.
—Doña Eulalia —dijo Rosendo, con la mirada fría e inescrutable fija en la mujer frente a ellos—. Gretel apenas se está recuperando y no se encuentra de buen humor.
Eulalia frunció el ceño, dispuesta a replicar, pero él no le dio oportunidad.
—Lo que ella necesita en este momento es reposo absoluto. Si usted no tiene ningún asunto urgente que tratar, le sugiero que, en el futuro, no venga a perturbar su tranquilidad.
Las palabras de Rosendo dejaron a Eulalia completamente muda.
Por instinto, miró a Gretel, buscando alguna reacción o rastro de emoción en su rostro.
Pero ella seguía allí, sentada en silencio, permitiendo que él le sostuviera la mano, sin que su expresión cambiara en lo más mínimo.
Esa falta de reacción... era una confirmación.
Eulalia no supo exactamente qué sintió, pero el dolor y una opresión que le dificultaba respirar eran innegables.
Antes, sin importar lo que ella le dijera, aunque Gretel no fuera muy efusiva, al menos le contestaba un par de palabras.
Pero ahora, en esos ojos tan transparentes, ya no podía ver ni una pizca de anhelo por el amor de una madre, ni rastro alguno de afecto familiar...
Al darse cuenta de esto, Eulalia sintió que el piso se movía bajo sus pies.
Se obligó a calmarse y esbozó una sonrisa rígida.
Era hermosa, sí, pero ninguna de sus facciones se parecía a las suyas, ni tenían el sello de la familia Mendoza.
Por un instante, sintió una punzada de decepción, algo vago e indescriptible.
Catalina, astuta como siempre, captó al vuelo ese cambio en su mirada. De inmediato, dejó la taza de café en la mesa, se agachó dócilmente junto a Eulalia y recostó la cabeza en sus rodillas.
—Mamá, ¿mi hermana ya está mejor? —Su voz estaba cargada de culpa y tristeza—. Todo es mi culpa. Si mi salud no fuera tan frágil, habrías podido pasar más tiempo con ella. ¿Acaso mi hermana está enojada conmigo y, de paso, te guarda rencor a ti?
Levantó el rostro, con los ojos enrojecidos y lágrimas brillantes a punto de caer.
Al ver ese rostro que había mimado y protegido por más de veinte años, cualquier rastro de decepción en el corazón de Eulalia desapareció de un plumazo.
¿De qué servían los lazos de sangre? Al final, no se comparaba con la hija que ella misma había criado.
Catalina era tan considerada y amorosa. Como hermana mayor, ¿por qué Gretel no podía ser un poco más comprensiva?
—No digas tonterías —respondió Eulalia, suavizando su expresión. Le acarició el cabello a Catalina con ternura—. Tu hermana apenas se está recuperando, es normal que esté de mal humor. Tú solo ocúpate de cuidarte; de lo demás me encargo yo.

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