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El Marido que no supo perder romance Capítulo 277

Gretel pensaba que su corazón ya no sentía dolor, pero al escuchar aquellas palabras, sus dedos se contrajeron por reflejo.

En ese preciso momento, Rosendo, vestido con una camisa negra de seda, se acercó a paso firme.

Sin mirar a Eulalia, se sentó al lado de Gretel con total naturalidad, y su cálida y gran mano cubrió el puño ligeramente cerrado de ella.

Los dedos del hombre, largos y firmes, aplicaron una presión que no admitía resistencia, obligando a su mano a abrirse lentamente.

Luego, entrelazó sus dedos con los de ella.

Gretel frunció el ceño, pero no levantó la mirada para verlo.

—Doña Eulalia —dijo Rosendo, con la mirada fría e inescrutable fija en la mujer frente a ellos—. Gretel apenas se está recuperando y no se encuentra de buen humor.

Eulalia frunció el ceño, dispuesta a replicar, pero él no le dio oportunidad.

—Lo que ella necesita en este momento es reposo absoluto. Si usted no tiene ningún asunto urgente que tratar, le sugiero que, en el futuro, no venga a perturbar su tranquilidad.

Las palabras de Rosendo dejaron a Eulalia completamente muda.

Por instinto, miró a Gretel, buscando alguna reacción o rastro de emoción en su rostro.

Pero ella seguía allí, sentada en silencio, permitiendo que él le sostuviera la mano, sin que su expresión cambiara en lo más mínimo.

Esa falta de reacción... era una confirmación.

Eulalia no supo exactamente qué sintió, pero el dolor y una opresión que le dificultaba respirar eran innegables.

Antes, sin importar lo que ella le dijera, aunque Gretel no fuera muy efusiva, al menos le contestaba un par de palabras.

Pero ahora, en esos ojos tan transparentes, ya no podía ver ni una pizca de anhelo por el amor de una madre, ni rastro alguno de afecto familiar...

Al darse cuenta de esto, Eulalia sintió que el piso se movía bajo sus pies.

Se obligó a calmarse y esbozó una sonrisa rígida.

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