El rostro de Alfonso Lozano se ensombreció de golpe. Dio media vuelta, subió a su auto y en un parpadeo desapareció entre el denso tráfico de la ciudad.
Al ver que su vehículo se alejaba, Felisa Valenzuela dejó escapar un largo suspiro de alivio.
Después de la cena, Felisa se puso de pie. —Señor Hernández, quiero reiterarle mi agradecimiento por haberme ayudado esta noche.
De haber permitido que Alfonso se saliera con la suya, probablemente habría sentido asco por el resto de su vida.
Yahir Hernández respondió con total naturalidad: —No fue nada, un placer ayudar.
...
Al día siguiente, llevó el saco del traje, ya impecable gracias a la tintorería, a la habitación de al lado. Sin embargo, en recepción le informaron que Yahir ya había entregado la habitación.
La noche anterior, al entregárselo al empleado del hotel, se había dado cuenta de que esa prenda masculina era de alta costura, sumamente costosa. Sin duda, aquel señor Hernández no era un hombre común y corriente.
«Supongo que tendré que devolvérselo si el destino vuelve a cruzarnos», pensó, resignada.
De vuelta en su habitación, hizo una llamada para verificar unos asuntos.
—Señorita Valenzuela, desde Corporación Draconis nos confirmaron que están dispuestos a comprarlo todo.
—Ocúpate de cerrar eso hoy mismo.
—Entendido.
Tras colgar, Felisa salió del hotel, compró un montón de provisiones y tomó un taxi directo al Orfanato El Sol.
Ella y Alfonso habían patrocinado ese lugar durante tres años. Aunque la donación anual no era una fortuna, bastaba para asegurar que los niños tuvieran varias comidas decentes. De vez en cuando, si no estaban muy ocupados, iban juntos a llevarles golosinas y artículos de aseo personal.
Pero en los últimos dos años, Alfonso se había sumergido tanto en el trabajo que, la mayoría de las veces, era ella quien terminaba yendo sola.
Apenas cruzó el portón, un coro de voces infantiles y alegres estalló en el patio.
—¡Es Felisa!
—¡Llegó Felisa!


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